El tortuoso trayecto de la calle al hogar

‘Homeless’ de Medellín (Colombia) se rehabilitan en granjas habilitadas por el gobierno local para que retomen su vida. El proceso incluye desintoxicación y generación de competencias laborales y de convivencia. 

Por Néstor Alonso López L. / Especial para Express News

Medellín (Colombia).- Por más de cuatro décadas compartieron su adicción a las drogas, la misma que los llevó a perder a sus hijos y a vivir en la calle hace cuatro años. 

Hoy, Edgar Escudero (59 años) y Marta Alzate (53) están listos para emprender juntos sus próximas luchas: mantenerse “sobrios”, como ellos mismos dicen, y recuperar a sus hijos.

Ambos son parte de los 15 habitantes de calle de Medellín que en días pasados se graduaron como “ciudadanos”, título con el cual quieren significar que ya están preparados para abandonar el asfalto y retornar al calor del hogar. Medellín es la segunda ciudad de Colombia en importancia, ubicada a 417 kilómetros al noroeste de Bogotá, la capital. 

En la ceremonia de graduación, a Édgar se le veía acicalándola a ella a cada momento, tocándole la cara constantemente para quitar lo que veía que no estuviera en su sitio, con el fin de que luciera bella al recibir el diploma. 

Los quince estaban ataviados con togas negras, como cualquier graduado de una prestigiosa universidad (en este caso sería, literalmente, la universidad de la vida) y tras concluir el acto, con un grito liberador arrojaron los birretes al aire y se dispersaron a continuar con sus rutinas cotidianas, donde está el reto más grande a partir de ahora, no sucumbir ante sus adicciones. 

Los diplomas fueron entregados tras diez meses en un proceso de desintoxicación, capacitación en convivencia, conocimientos en competencias laborales, lo mismo que acompañamiento psicosocial. 

Todo ocurrió en la granja Somos Gente, una de las tres de su tipo que tiene la Alcaldía de Medellín en el vecino municipio de Barbosa. Allí estaban rodeados de montañas, vegetación y aire puro, algo muy distinto al smog y el ruido citadino en que cada uno gastó los últimos años de sus existencias. Durante el año 2021, hasta ahora se han graduado 31 personas, según informó Javier Ruiz, director de la Unidad de Programas Sociales Especiales (UPSE), que depende de la Secretaría de Inclusión Social, Familia y Derechos Humanos de la Alcaldía de Medellín.

“Acá nos basamos en varias cosas fundamentales: primero, desintoxicación de sustancias psicoactivas mediante acompañamiento psicológico. Lo segundo es el tema educativo, porque si una persona al salir ni siquiera tiene la secundaria le quedará muy difícil desempeñarse. Tercero y fundamental, es lo laboral; tratamos de darles las herramientas y los capacitamos en diferentes cursos y técnicas para que cuando salgan puedan conseguir trabajo. Y lo otro es el entorno familiar: de los 15 que se graduaron hoy, 10 volvieron a su núcleo familiar, lo cual es una cifra muy alta, sabiendo que han tenido grandes conflictos con sus allegados por el mismo consumo de sustancias”, explicó Ruiz. 

FOTO DE HAROLD SMITH HENAO

Larga adicción

Edgar y Marta se conocieron hace 23 años en una “olla”. Así llaman por acá a los sitios clandestinos donde los drogadictos se aprovisionan de sus dosis. Ya para entonces ambos eran veteranos en el consumo de todo tipo de estupefacientes. Era plena Feria de las Flores y comenzaron una relación alucinante.  

Él es el mayor en una familia disfuncional de clase media-baja, con diez hijos. A los 18 años se fue a prestar el servicio militar a la Marina Colombiana. Ya se drogaba, lo siguió haciendo estando en esa fuerza armada y todavía con mayor vigor después de salir. En ese tiempo vivía con su papá y su mamá.

“Empecé a trabajar en vigilancia, me iba muy bien; me concentré mucho en este mundo ficticio que es el vicio; entonces me mantenía de farra en farra. La droga era constante. El diario vivir de un drogadicto es ese “, apuntó.

Hace 35 años, cuando se unió a su primera pareja, la cual falleció hace cerca de 13 años, ella lo llevó a un centro de rehabilitación llamado Hogares Claret, pero no terminó el tratamiento que se basaba en una terapia de choque. 

“El proceso era de nueve meses y yo ya casi terminaba, pero me dieron una salida de tres días y no volví. Me encontré con la farra otra vez”, anotó.

Luego siguió consumiendo y trabajando. Con su primera pareja tuvo una hija que hoy día cuenta con 33 años de edad; se separó y los nexos con el mundo de la delincuencia lo llevaron a la cárcel siete veces por hurto, porte ilegal de armas y posesión de drogas. 

-Pero nunca llegué a matar a nadie- aclara vehemente.

Marta, por su parte, relata que al nacer su mamá no la quería y la iba a dejar en manos del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), la entidad estatal que se encarga de los niños desprotegidos en este país. Sin embargo, coincidió con que una vecina dio también a luz en la misma clínica se dio cuenta y la adoptó.

De esta manera, la niña crecía en medio de los celos de su hermana por lo que consideraba un trato preferencial, e intrigada del porqué la señora que habitaba al frente -que en realidad era su mamá biológica- le llevaba golosinas y de porqué sentía tanta cercanía afectiva con ella.

El día en que, en medio de un disgusto con su hermana, le contaron la verdad, el trauma fue tan profundo que cogió su poca ropa y se instaló debajo de un puente. Posteriormente, un alcohólico que además vendía drogas le dio posadas en su casa, hasta que quiso manosearla.

Una amiga que vendía drogas la acogió y fue la misma que un día le señaló un cigarrillo de marihuana diciéndole que “eso era muy bueno porque la eleva y la pone lo más de bacano (divertida)”. 

Después formó pareja sucesivamente con hombres maltratadores y metidos en el malevaje y las drogas, de manera que se fue hundiendo en la bazuco y llenándose de hijos. Tuvo 9 en total, pero a casi todos se los fue quitando el ICBF al sorprenderla mendigando con ellos en los semáforos.

Por varios años una hermana de Marta la acogió con los dos hijos menores de edad, mientras que dos hijas de ella colaboraban con la manutención, pues Édgar los había abandonado para pasar de lleno a la calle. 

FOTO DE HAROLD SMITH HENAO

Un quiebre doloroso

La vida se le acabó de romper a la protagonista de esta historia cuando sus apoyos fallecieron, una de 30 años por tuberculosis y la otra, de 28, por una afección cardiaca. 

Eso fue hace poco más de cuatro años. Marta recuerda que estaba drogada, salió como una loca detrás del carro fúnebre que iba camino al cementerio y, como si se hubiera transportado a otra dimensión en medio de una pesadilla, de pronto se vio en una acera envuelta en una cobija y arrastrando plásticos.

De vez en cuando se encontraba de noche con Édgar por los alrededores del estadio Atanasio Girardot, el escenario deportivo más importante de la Capital de la Montaña, como llaman a Medellín.

Curiosamente a quien se le ocurrió salir de ese torbellino de incertidumbre constante fue a él, una mañana, hace 16 meses. 

-Me buscó y me dijo: ‘Mija, yo la veo muy mal, vámonos para el patio (otro nombre con el que conocen a los Centro Día), usted se va a enloquecer’. Yo estaba toda drogada y lo acusé de que por su culpa habían matado a mis niños (en realidad estaban bajo custodia en el ICBF), le grité que cuánto le habían pagado y le rompí la cabeza con una piedra”. 

-Bueno, quédese si quiere, pero lo que soy yo voy es a recuperar a mis niños, ya no quiero más esa vida- le respondió él con el fuego de una decisión sin tregua brillándole en los ojos.

Al preguntarle qué lo llevó a tomar tal decisión, Edgar responde que “cuarenta años son cuarenta años de estar en lo mismo… diocito me iluminó”.

Ambos accedieron a los programas de recuperación del Municipio de Medellín para habitantes de calle y cuando terminaron el proceso en la granja Somos Gente alquilaron una habitación en la comuna 13, un populoso sector de Medellín conocido internacionalmente como escenario de violencia, por los grafitis que cuentan su historia y por las escaleras eléctricas al aire libre que sirven para transitar a falta de calles. 

La pareja sobrevive a duras penas de lo que les produce el puesto para vender café que les montó la Alcaldía en una sede gubernamental y han trasegado por un camino que no ha sido fácil, según acepta Marta, porque la droga es como un demonio que acecha.

“El plan futuro de nosotros es salir adelante y luchar para que nos devuelvan a nuestros hijos”, dice ella en tanto él asiente con un movimiento de cabeza, como recitando un mantra del que esperan extraer las fuerzas para permanecer alejados de las drogas y las vicisitudes de la calle.

FOTO DE ALEJANDRO CÓRDOBA

Artículo escrito por Néstor Alonso López L. Publicado el 20 de mayo de 2021 en la última edición de nuestro periódico Express News.

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