Columnista invitada
Por Luisa Sofia Brands

Cada día que pasa, la población de adultos mayores crece, y nuestra comunidad no es la excepción. Sin embargo, el desafío de garantizar una vejez digna y respetable para nuestros ancianos migrantes sigue sin resolverse. A lo largo de sus vidas, ellos han contribuido al desarrollo de este país con su esfuerzo, trabajo y valores, pero en la actualidad muchos enfrentan la soledad, el aislamiento y la falta de recursos adecuados para su bienestar. Es nuestra responsabilidad colectiva brindarles el apoyo que merecen.
El aprendizaje no tiene edad, y para nuestros adultos mayores, acceder a lecciones de inglés y computación no es solo una herramienta de integración, sino una puerta hacia la independencia y la dignidad. A través del conocimiento del idioma, pueden comunicarse mejor, acceder a servicios básicos y mantener su autonomía. De igual manera, la alfabetización digital les permite mantenerse conectados con sus seres queridos, realizar gestiones en línea y seguir aprendiendo en un mundo cada vez más tecnológico. No podemos subestimar el poder del aprendizaje continuo para fortalecer su autoestima y autonomía.
Además, combinado con la actividad física moderada es clave para prevenir el deterioro físico y cognitivo. Caminatas, danza y eventos sociales no solo mejoran la salud física, sino que también fortalecen el sentido de comunidad y pertenencia. La interacción social es un pilar fundamental para evitar la depresión y el aislamiento, factores que afectan gravemente la calidad de vida de nuestros mayores. Crear espacios donde puedan participar activamente en la sociedad no es solo un acto de empatía, sino una necesidad para su bienestar integral.
Otro aspecto crítico que merece nuestra atención, es la creación de infraestructuras de apoyo culturalmente sensibles. Lamentablemente, la falta de centros de acogida adecuados deja a muchas familias sin opciones para el cuidado de sus mayores. Sin este respaldo, los familiares se ven forzados a tomar la difícil decisión de enviar a sus padres o abuelos de regreso a sus países de origen, donde muchas veces terminan en manos de desconocidos, lejos del hogar que construyeron aquí.

Es desgarrador que después de haber dedicado su vida a este país, terminen en una situación de abandono y desarraigo. Debemos exigir y trabajar por la creación de espacios donde nuestros adultos mayores reciban cuidados de calidad y en un entorno que respete su identidad cultural. Cuidar de nuestros mayores no es solo un acto de amor, es una responsabilidad social.
Si unimos esfuerzos, lograremos institucionalizar la tradición de respeto y cuidado hacia los ancianos que ha definido nuestras raíces. Con un compromiso firme, podemos ejemplarizar las mejores prácticas para otras comunidades, asegurando el bienestar de nuestros mayores hoy y el nuestro en el futuro. Porque, trabajando unidos por ellos, garantizamos que cuando nos llegue el turno de envejecer, encontraremos una sociedad lista para acogernos con dignidad y respeto.
