El poder y peligro de las redes sociales es una realidad ineludible en nuestras democracias. Más de la mitad de los latinoamericanos se informa hoy a través de plataformas digitales, donde la inmediatez y la falta de filtros democratizan la comunicación, pero también multiplican los riesgos de manipulación y desinformación.
Las redes sociales se han consolidado como el principal canal de información política en los últimos tiempos. Sin embargo, si bien las redes han democratizado la comunicación y potenciado la participación ciudadana al eliminar filtros, esta misma inmediatez y ausencia de control facilitan la circulación peligrosa de la desinformación, difuminando la frontera entre la realidad y la manipulación.
El poder y el peligro de las redes sociales: entre likes y mentiras
Hace unos días asistí a una conferencia sobre el papel de las redes sociales en la política colombiana. El ponente —un periodista con años de experiencia— compartió un dato que me sorprendió: más del 50 % de los colombianos se informan hoy principalmente, a través de redes sociales. Y añadió otro detalle revelador: el presidente Gustavo Petro tiene más de ocho millones de seguidores en X (antes Twitter).

Vivimos, sin duda, en un mundo social. Las redes ya no son un complemento: son el centro de la conversación política, cultural y mediática. Pero esta constatación abre una pregunta más profunda: ¿qué implica este poder y hacia dónde nos lleva?
Las redes sociales democratizaron la comunicación. Hoy cualquiera con un teléfono puede compartir una idea, denunciar una injusticia o iniciar un movimiento. No hay filtros editoriales ni barreras geográficas. Desde un barrio de Bogotá o una comunidad amazónica, la voz puede resonar en todo el mundo. En ese sentido, son una herramienta extraordinaria de participación ciudadana.
Pero ese mismo poder es también su mayor riesgo. La inmediatez, la viralidad y la ausencia de filtros hacen que la desinformación circule con la misma facilidad —o más— que la verdad. Y cuando más de la mitad de una sociedad se informa principalmente a través de redes, la frontera entre realidad y manipulación se vuelve peligrosamente difusa.
Democracia de clics
En América Latina, esta realidad adquiere matices particulares. Nuestros países tienen instituciones democráticas frágiles, medios tradicionales con problemas de credibilidad y sistemas educativos que no siempre enseñan pensamiento crítico. En ese contexto, las redes sociales no solo informan: moldean percepciones, emociones y decisiones políticas.
Un tuit viral puede cambiar el rumbo de un debate. Un video manipulado puede desatar una crisis. Un influencer sin preparación puede tener más peso que un académico. Y un algoritmo —diseñado en Silicon Valley— puede decidir qué ve un campesino en el Cauca o una estudiante en Lima.

Este nuevo ecosistema no es menor. Reconfigura el poder. Un líder político con millones de seguidores no necesita intermediarios para hablar con la ciudadanía. Puede saltarse a los medios tradicionales, fijar la agenda desde su cuenta personal y construir su propia narrativa. Y eso, en democracias frágiles, puede ser un arma de doble filo.
No se trata de demonizar las redes. Sería absurdo. Pero sí de preguntarnos cómo queremos que participen en la vida pública. Porque si se convierten en el principal canal de información sin regulación, sin alfabetización digital y sin responsabilidad, corremos el riesgo de sustituir el debate democrático por un concurso de popularidad.
El poder y el peligro de las redes sociales: regular sin censurar
La gran pregunta es cómo regular este poder sin convertirlo en censura. No hay respuestas simples, pero sí, puntos de partida:
- Transparencia algorítmica: las plataformas deben explicar cómo deciden qué contenidos mostrar. La opacidad actual permite que la manipulación pase desapercibida.
- Responsabilidad compartida: las empresas tecnológicas no pueden lavarse las manos. Deben invertir en moderación contextualizada y colaborar con autoridades democráticas.
- Educación digital: los Estados latinoamericanos tienen la obligación de formar a sus ciudadanos para identificar desinformación, verificar fuentes y pensar críticamente. Programa de educación digital UNESCO.
- Leyes adaptadas: la regulación debe evolucionar al ritmo de la tecnología. No se trata de prohibir, sino de proteger la integridad del debate público.
El espejo latinoamericano
La relación entre redes sociales y democracia en nuestra región no es solo un tema técnico: es profundamente político y cultural. En sociedades marcadas por desigualdades históricas, por desconfianza institucional y por heridas coloniales, las redes pueden ser tanto un espacio de liberación como de manipulación.
En Colombia, en México, en Brasil y también en Perú, hemos visto cómo campañas enteras se construyen desde la desinformación digital. Rumores convertidos en verdades. Noticias falsas que influyen en elecciones. Discursos de odio disfrazados de “libertad de expresión”.
Y sin embargo, también hemos visto cómo las redes permiten a comunidades invisibles hacerse escuchar, a pueblos indígenas contar sus historias, a movimientos ciudadanos organizarse sin recursos. Esa ambigüedad es el corazón del debate: las redes no son buenas ni malas por sí mismas. Depende del uso que hagamos de ellas.
El poder y el peligro de las redes sociales: una reflexión necesaria
Como migrante latinoamericano viviendo en Londres, observo este fenómeno con preocupación, pero, también, con esperanza. Las redes sociales pueden ser herramientas para fortalecer nuestra identidad, para difundir nuestras lenguas, para conectar a nuestras diásporas. Pero no podemos ignorar sus riesgos.
Nuestra región necesita una conversación seria sobre el papel de la tecnología en la democracia. No podemos dejar que empresas extranjeras definan cómo nos informamos, ni que los algoritmos decidan por nosotros qué merece ser verdad.
El reto no es menor: construir una esfera pública digital que no sea un campo de batalla de mentiras, sino un espacio de encuentro, diálogo y responsabilidad. Porque al final, la pregunta no es si podemos vivir sin redes. Eso ya no es posible. La pregunta es cómo queremos vivir con ellas.
¿Queremos que sean herramientas de emancipación o de manipulación? ¿Queremos usarlas para fortalecer nuestra democracia o para debilitarla? Las redes sociales son, al fin y al cabo, un reflejo de lo que somos. Y lo que hagamos con ellas dirá mucho sobre el futuro que elegimos las sociedades latinoamericanas.
Corresponsal Express News UK







