Por Gustavo Portugal

Un hondureño muy especial nos comparte su experiencia de cómo fue su llegada a Londres y cómo logró que esta metrópoli europea, cuna del idioma inglés, se convirtiera en un hogar, lejos del hogar.
En nuestra serie de luchadores, héroes y heroínas hoy hablaremos de Kevin, un hondureño que salió de Honduras rumbo a Londres con la ilusión de empezar una nueva vida, cuando tenía apenas 20 años y sin hablar inglés, tuve que adaptarme a una nueva ciudad y a nuevas costumbres. El camino no fue fácil.
Recuerdo cuando tuve mi primera entrevista de trabajo y, por miedo a perderme, salí de casa tres horas antes. Ese viaje se convirtió en una mezcla de frustración, llanto, alegría y decepción. Sin embargo, con el tiempo, las cosas tomaron un rumbo más positivo. Al final, entendí que las adaptaciones son parte del crecimiento y que cada experiencia me ayudó a avanzar.

Perdido camino a mi primera entrevista de trabajo
La primera entrevista de trabajo es un momento crucial en la vida de cualquier persona. Para mí, significaba dar un paso importante en un país nuevo, enfrentando desafíos que jamás imaginé. Recuerdo haberme preparado con anticipación. La entrevista era fuera de Londres, así que organicé mi viaje cuidadosamente. Me aseguré de salir con tiempo suficiente para llegar sin contratiempos, pero lo que no preví fue que el desconocimiento del idioma y las conexiones de transporte jugarían en mi contra.
En algún punto del trayecto, me confundí y tomé un tren equivocado. Me encontré en una estación desconocida, lejos de mi destino y con la frustración acumulándose dentro de mí. La noche comenzaba a caer, el frío se hacía más intenso y, por primera vez, me sentí completamente solo en un país extraño.
Me senté en una parada de autobús y no pude evitar que las lágrimas rodaran por mi rostro. Me cuestioné todo: ¿Había sido un error dejar Honduras? ¿Era esta la peor decisión de mi vida? La desesperación me invadió. Después de unos minutos, me sequé las lágrimas y decidí que debía encontrar una solución.
Pregunté a varias personas sin éxito hasta que una joven simpática, de cabello rubio y ojos azules, se acercó a ayudarme. Pude notar su empatía y calidez mientras me explicaba pacientemente cómo llegar a mi destino. Su amabilidad en un momento tan difícil me devolvió la esperanza.
Finalmente, llegué al sitio de la entrevista, pero con tres horas de retraso. Como era de esperarse, la oportunidad se había esfumado. A pesar de la rabia y la decepción, entendí que esta experiencia no había sido en vano. Aprendí la importancia de la preparación, de pedir ayuda sin miedo y, sobre todo, de que incluso en los momentos más oscuros, siempre puede aparecer alguien dispuesto a tender una mano amiga.
Hoy, cuando recuerdo esa noche, ya no lo hago con frustración, sino con gratitud. Fue una lección de vida, una historia de resiliencia y, sobre todo, el recuerdo de un acto de bondad de una persona desprevenida y desconocida que nunca olvidaré.

Ser hondureño en Londres
Londres es una ciudad que lo recibe a uno con los brazos abiertos, pero con el frío en los huesos. Para muchos migrantes latinoamericanos, cruzar el océano significa dejar atrás la calidez de la familia, los sabores de la infancia y la comodidad del idioma. Sin embargo, también representa la posibilidad de escribir un nuevo capítulo, de aprender y de crecer en formas inimaginables.
Para un hondureño que llega a esta metrópoli, la experiencia está marcada por una mezcla de asombro y desafío. Desde el primer día, la ciudad impone su ritmo implacable: trenes que no esperan, calles laberínticas y un clima que desafía cualquier abrigo. Todo parece un caos organizado, un mundo donde la soledad se disfraza de multitudes y donde el idioma es un muro que hay que escalar con paciencia.
Pero más allá del choque inicial, la adaptación se convierte en un proceso de pequeñas victorias, como la primera vez que se logra entender una conversación en inglés sin pedir que te repitan. La emoción de recibir el primer pago en libras, aunque se haya trabajado el doble de lo que uno imaginaba. La alegría de encontrar un pequeño mercado donde venden plátanos y frijoles, y donde por un instante, Londres sabe a casa.
El trabajo, como para muchos migrantes, suele ser el primer gran obstáculo. No importa la formación previa o las habilidades, casi siempre hay que empezar desde abajo. Lavaplatos, limpieza, cocina, construcción… oficios duros que enseñan disciplina y que, con el tiempo, abren puertas. Esas largas jornadas son también momentos de reflexión, en los que uno se pregunta si se tomó la decisión correcta, si vale la pena tanto esfuerzo.
Sin embargo, con los meses, la ciudad deja de ser un territorio hostil y comienza a sentirse como un hogar. Se aprenden atajos para evitar el tráfico, se descubren rincones donde la comunidad latina se reúne, y se empiezan a tejer lazos con otros migrantes que comparten la misma nostalgia. La amistad se vuelve familia, y los recuerdos de Tegucigalpa, San Pedro Sula o La Ceiba conviven con nuevas memorias en Brixton, Elephant and Castle o Wembley.
Londres enseña muchas cosas, pero quizás la lección más grande es la resiliencia. Aprender a caer y levantarse, a reírse de los errores y a celebrar cada logro, por pequeño que sea. Y, sobre todo, entender que la identidad no se pierde con la distancia; al contrario, se fortalece.
Ser hondureño en Londres es un viaje de transformación. Es descubrir que uno puede pertenecer a dos mundos, que la nostalgia nunca desaparece del todo, pero que también puede ser un motor para seguir adelante. Porque, al final del día, más allá de la niebla y del ajetreo, esta ciudad también puede convertirse en un hogar.

