Historia colombo-británica: lo que nadie nos había contado 200 años después.

Embajadora Laura Sarabia en evento sobre historia colombo-británica. Embajadora Laura Sarabia en evento sobre historia colombo-británica.
Laura Sarabia dio la bienvenida oficial a la conmemoración del bicentenario.

La historia colombo-británica abrió la noche del miércoles 26 de noviembre de 2025 en el auditorio Swedenborg Hall de Londres, donde un encuentro académico y cultural reunió a expertos, diplomáticos y miembros de la diáspora para explorar los 200 años del reconocimiento británico de la República de Colombia, en 1825, y preguntarse qué ha significado realmente ese gesto dos siglos después. El encuentro fue organizado por la Embajada de Colombia en el Reino Unido y por la Anglo-Colombian Society.

Historia colombo-británica: 200 años contados desde Londres

Desde las 6:30 de la tarde fueron llegando colombianos de distintas latitudes, latinos residentes, ingleses curiosos y estudiantes. Más de un centenar de personas se acomodaron en un auditorio preparado como estudio de grabación: luces, micrófonos, cabina de sonido. Se notaba que lo que allí ocurriera quedaría registrado para la historia en formato pódcast.

Panel académico sobre historia colombo-británica en Londres.
El panel reunió a destacados historiadores para analizar 200 años de relación bilateral.

En el escenario, cuatro sillas, cuatro vasos de agua y cuatro trayectorias impresionantes: el historiador británico Anthony McFarlane, Emeritus Professor of History de la University of Warwick; la historiadora colombiana Ana María Otero Cleves, Professor of Latin American History en la University of York; el académico británico Matthew Brown, Professor of Latin American History en la University of Bristol; y el jurista, filósofo y escritor colombiano Óscar Guardiola Rivera, Professor of Human Rights and Political Philosophy en Birkbeck, University of London.

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Dos británicos y dos colombianos, cuatro miradas complementarias y un detalle simbólico: todo el panel transcurrió en inglés, como recordatorio de que estos 200 años de historia colombo-británica se han tejido también en el idioma de la ciudad donde hoy vive buena parte de la diáspora colombiana.

Lo que el público se llevó esa noche

La embajadora de Colombia Laura Sarabia y la presidenta de la Anglo-Colombian Society, Yvonne Velasquez, dieron la bienvenida. Pero fueron los historiadores quienes encendieron la imaginación del público.

Yvonne Velasquez inaugurando evento sobre historia colombo-británica.
Yvonne Velasquez abrió la jornada con un mensaje de celebración por el bicentenario.

Muchos no habían pensado nunca qué significaba realmente aquel 1825 que uno lee de pasada en los libros; sentado en un salón londinense, la fecha adquirió de repente un viaje en el tiempo con olor a pólvora, fiesta, diplomacia, hallazgos y profundas reflexiones.

McFarlane abrió el viaje en el tiempo: contó cómo, al conocerse en Bogotá la noticia del reconocimiento británico, la Plaza Mayor se llenó de cohetes, bandas de música y gente que gritaba “¡somos ahora una nación independiente!”. El relato venía de primera mano: del propio enviado británico John Hamilton, que describió a los bogotanos “medio locos de alegría”.

Anthony McFarlane hablando sobre historia colombo-británica.
Anthony McFarlane abrió el viaje histórico revisando la celebración del reconocimiento británico.

También recordó el lado menos épico: durante años, Londres fue oficialmente neutral y muchas veces hizo más por reparar el imperio español que por apoyar a los insurgentes. De los ataques británicos a los puertos caribeños de Portobelo y Cartagena apenas queda hoy un eco lejano en Londres: el nombre de Portobello Road, en Notting Hill, que recuerda las victorias sobre el puerto panameño. “No existe una ‘Cartagena Road’”, ironizó el profesor, subrayando lo selectiva que puede ser la memoria imperial.

Luego, la historia se desplazó al siglo XIX de la vida cotidiana. Ana María Otero Cleves desmontó un lugar común: que Colombia solo exportaba materias primas. Mostró cifras que sorprendieron al auditorio: hacia la década de 1860, casi el 70 % de las importaciones colombianas venían del Reino Unido, principalmente textiles de algodón fabricados en Manchester.

Ana María Otero Cleves analiza comercio en historia colombo-británica.
Otero Cleves sorprendió al auditorio con datos inéditos sobre los consumidores colombianos.

Pero lo más llamativo fue quiénes compraban esas telas: no solo las élites, sino arrieros, jornaleros y vendedoras de mercado que sabían palpar la calidad, elegir colores y exigir medidas específicas.

A partir de libros de cuentas y cartas comerciales, Otero Cleves reconstruyó un país donde los fabricantes ingleses estudiaban con lupa los gustos regionales, adaptaban estampados y hasta el empaque para las mulas que cruzaban la cordillera. Tanto, que diplomáticos estadounidenses se quejaban de que sus propios industriales no entendían al consumidor colombiano.

Uno de ellos lo resumió así: era inútil tratar de imponer “el gusto americano”; había que adaptarse a las “peculiares nociones y costumbres” de los colombianos.

Revelaciones históricas que sorprendieron al público

Matthew Brown llevó la atención al terreno más humano de las guerras de independencia. Recordó que entre 1818 y 1821 llegaron unos 7.000 mercenarios británicos e irlandeses; unos 2.000 murieron pronto de enfermedad, pero alrededor de 1.000 se quedaron para siempre. Muchos forman parte hoy de los apellidos que se cruzan en el Cementerio Británico de Bogotá y de la historia colombo-británica.

Entre las historias rescatadas por Brown destacan mujeres casi borradas de los relatos oficiales, como Mary English, que se instaló en la frontera colombo-venezolana y dejó un rastro de cartas conservadas en la British Library.

Profesor Matthew Brown en panel sobre historia colombo-británica.
Matthew Brown compartió investigaciones sobre mercenarios británicos y la diáspora temprana en Colombia.

El historiador contó también una escena que sorprendió al público: el periplo para encontrar la tumba de Francisco Antonio Zea, diplomático que negoció en Londres un préstamo de 6 millones de libras para la joven república. Zea murió en la ciudad inglesa de Bath y fue enterrado en la abadía local, pero, tras unas reformas con calefacción incluida, los restos fueron removidos y devueltos sin identificar. “

Sabemos que Zea está en la abadía”, dijo Brown, “pero nadie sabe exactamente dónde”. De ahí su propuesta: colocar al menos una placa en Bath como guiño de memoria en este bicentenario.

Cerró el panel Óscar Guardiola Rivera, invitando a cambiar la dirección del relato: no solo preguntarse cómo Europa influyó en América, sino también cómo América Latina ha transformado a Europa. Recordó que, desde la conquista, la violencia se ha justificado una y otra vez en nombre de fines superiors, primero la propagación de la fe, hoy la defensa de la democracia y la lucha contra las Drogas; y pidió mirar críticamente esa continuidad, visible en lugares como el mar Caribe.

Óscar Guardiola Rivera en discusión sobre historia colombo-británica.
Guardiola Rivera invitó a mirar la relación desde una perspectiva crítica e inversa.

Trajo al presente la figura del cacique muisca Diego Torres Moyachoque, que en el siglo XVI viajó a la corte de Felipe II con un mapa de su territorio para demostrar que su pueblo se autogobernaba antes de la encomienda.

Esa intervención, conectada con los debates de juristas como el escocés John Major sobre si los llamados “bárbaros” tienen derecho a gobernarse a sí mismos, le sirvió para recordar que la pregunta por quién decide sobre la tierra y la vida de otros sigue abierta hasta hoy.

Historia colombo-británica: las preguntas del público encendieron el debate

Pero lo más sorprendente de la noche estaría por llegar, y sin que nadie lo esperara.

Hasta ese momento, la intervención de los cuatro especialistas había sido categórica, contundente, reveladora. Sin embargo, fueron las preguntas del público las que terminaron de encender el auditorio.

Las inquietudes de los asistentes obligaron a los investigadores a ir un paso más allá y a conectar la historia con las vidas muy concretas de quienes estaban sentados en ese salón de Londres. Aquí un resumen de ese intercambio pregunta–respuesta.

La primera pregunta vino del agregado cultural de la embajada y apuntó a una figura que había quedado flotando en el aire: Mary English, una de las mujeres británicas que participaron en las guerras de independencia. Matthew Brown respondió que, aunque todavía falta mucho por investigar, sabemos que hubo alrededor de 350 mujeres británicas e irlandesas involucradas en las expediciones: algunas en el campo de batalla, otras en provisiones y medicina, muchas de ellas borradas de los archivos al perder sus apellidos originales al casarse en Colombia o Venezuela. Recordó que sobre ellas escribió un artículo en Feminist Review en 2005, una invitación a mirar la independencia con lentes menos masculinos.

Público en Londres durante evento sobre historia colombo-británica.
El público llenó Swedenborg Hall para escuchar el panel sobre los 200 años de historia colombo-británica.

Luego, desde el público, un investigador tomó el micrófono para preguntar si existía una “nueva generación” de historiadores radicados en el Reino Unido trabajando sobre América Latina o si esa tradición se estaba apagando.

Brown explicó que quizá hay menos “grandes nombres” al estilo clásico, pero muchas más personas trabajando desde enfoques interdisciplinarios y, sobre todo, en colaboración con colegas latinoamericanos en lugar de llegar como expertos a “explicarles su propia historia”. Guardiola Rivera añadió que hoy también hay hijas e hijos de la diáspora latinoamericana, segunda y tercera generación, produciendo conocimiento desde las universidades británicas, incluso a través de formatos no tradicionales como el cine o el guion.

Una de las intervenciones más sentidas llegó de una mujer del público que se presentó como Carolina. Preguntó por las islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina: por qué no se habían mencionado, qué conexiones históricas tenía allí el Reino Unido, cómo se explicaba ese habla inglesa mezclada con creole que aún pervive.

Anthony McFarlane respondió con un breve recorrido por el Caribe protestante del siglo XVII, las expediciones de Cromwell, la costa de los Mosquitos y esas sociedades híbridas donde indígenas, esclavos africanos y colonos europeos tejieron alianzas, tensiones y lenguas compartidas.

Guardiola Rivera retomó la imagen y habló del “Gran Caribe” de su infancia, donde era normal escuchar papiamento, holandés e inglés entre Santa Marta y La Guajira, y recordó que el pueblo raizal de San Andrés y Providencia encarna esa historia de mezclas, o creolización, que es quizá el legado más luminoso de las relaciones entre el Caribe colombiano y el mundo anglófono.

Casi al final, otra pregunta llevó la conversación al terreno de la economía y el futuro: ¿qué lecciones deja el siglo XIX sobre industrialización, comercio y relaciones con potencias como el Reino Unido? Ana María Otero Cleves respondió que, aunque hubo intentos tempranos de crear industria en Bogotá, pronto se consolidó la idea, defendida por figuras como Florentino González, de que el papel de Colombia era proveer materias primas al mundo, apostando por el libre comercio a cambio de bienes manufacturados.

Contó que, al seguir el rastro de las mercancías en los archivos, descubrió que en algunos momentos el país llegó a tener más importaciones que exportaciones per cápita, un dato incómodo que obliga a repensar, hoy, qué tipo de inserción en la economía global quiere Colombia y qué tanto margen tiene para negociar sus propias reglas.

Fueron apenas unas cuantas preguntas, pero bastaron para que la historia dejara de ser un relato lejano y se transformara en algo íntimo: el Caribe que habla en varias lenguas, los apellidos que esconden a mujeres invisibles, los hijos de la diáspora que escriben nuevos guiones, y un país que todavía se debate entre ser exportador de materias primas o protagonista de su propio futuro.

Una noche que quedará registrada en la memoria

Al salir al frío londinense, muchos comentaban lo mismo: que aquella había sido una de las grandes noches del bicentenario, una de esas citas que ayudan a entender de qué están hechos 200 años de relación entre dos países. Y que, gracias a los micrófonos, cables y luces que los acompañaron durante todo el evento, la conversación no se quedará solo en la memoria de quienes estuvieron allí: el pódcast grabado esa noche será también parte de la historia que se contará en los próximos 200 años.

Periodista y Comunicador Social colombiano radicado en Londres, especialista en producción audiovisual y Máster en Estudios Políticos; Coordinador Editorial Multiplataforma y PR en Global Community Media. Síguelo en: http://www.linkedin.com/in/pedrorprado

Redacción: Express News UK

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