La literatura atrapa el tiempo

Por Gustavo Portugal

Un escritor latinoamericano en Reino Unido convierte su arte literario en una forma de viajar con la imaginación y hacer que sus lectores también se transporten a esa patria lejana que han dejado atrás para abrir caminos en una tierra extraña, pero en la que han puesto todas sus ilusiones.

El año pasado asistí a la presentación de un libro escrito por un autor latinoamericano. Durante el evento, se habló extensamente sobre el origen de la idea, el proceso de escritura y los sacrificios que conlleva ser escritor, especialmente cuando se es padre de familia y emigrante.

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El autor, con dos hijos nacidos en el Reino Unido, compartió los desafíos que enfrentó en su camino literario. Sin embargo, de todo lo que se dijo aquella noche, hubo una frase que quedó grabada en mi mente y que, hasta hoy, sigue rondando en mis pensamientos: «intenté muchas veces regresar a mi país».

Esa simple declaración, dicha con sinceridad y un matiz de melancolía, me llevó a una profunda reflexión. Para algunos asistentes, pudo haber sonado como una afirmación nostálgica, una expresión del eterno anhelo del migrante de volver a sus raíces. Pero para mí, fue algo más. Me hizo cuestionar qué es lo que realmente empuja a un ser humano, emigrante a la escritura, qué fuerza lo lleva a plasmar en palabras su historia, su dolor y sus sueños.

Una experiencia común

Mario Vargas Llosa, quien escribe la Ciudad de los Perros, una de sus mejores novelas de su experiencia en el Colegio Militar Leoncio Prado, en Lima-Perú, mientras estaba en el exilio y, muchos años más tarde, Vargas Llosa comienza a escribir la novela en París y la termina en Madrid. Lo mismo podría decirse de Gabriel García Márquez que escribe Cien Años de Soledad en México en 1965, dos grandes de la literatura latinoamericana.

La literatura, en muchos casos, es el refugio de quienes han perdido un hogar físico, pero no quieren perder su hogar emocional. Es el puente entre dos mundos: el que dejamos atrás y el que intentamos construir en tierras ajenas. La escritura se convierte en un acto de resistencia y afirmación, un espacio donde el tiempo no es lineal, sino un vaivén entre recuerdos y deseos, entre lo que fue y lo que podría ser.

Tal vez el autor de aquel libro nunca regrese físicamente a su país. Tal vez su regreso solo sea posible en las páginas que escribe, en los personajes que crea y en las historias que narra. Tal vez, para muchos de nosotros, la verdadera patria no sea un lugar geográfico, sino el tiempo que llevamos dentro y que tratamos de atrapar en cada palabra escrita.

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