Las flores son vida, incluso en la muerte

Por Arianna Bonazzi

Seamos religiosos o no, todos tenemos nuestras ideas – y nuestros miedos – sobre la muerte. A todos, aunque sea un poco, nos asusta. La vemos como un final, como algo que nos arrebata. Hoy en día, parece que la muerte se ha vuelto algo distante, incómodo, algo que preferimos no mirar ni nombrar. En un mundo saturado de noticias, guerras y víctimas, es como si nos hubiéramos anestesiado ante el dolor que conlleva. Pero la historia que quiero contar demuestra que recordar y celebrar la muerte puede ser, en realidad, un acto profundo de amor por la vida.

El miércoles 14 de mayo de 2025, a las 12:30 de la mañana, se celebró el recuerdo de Maggi Toft en el crematorio de Springwood, en Liverpool. Maggi falleció tras luchar con valentía contra un cáncer, como lo hacen miles de personas cada día, muchas veces en soledad, sin familia ni amigos alrededor. Pero no fue el caso de Maggi. Ella estuvo rodeada de amor, del mismo amor que supo entregar con generosidad durante su vida.

Advertisement

No me escondo como periodista: esta reseña tiene un carácter especial. Estoy contando una historia que viví, un recuerdo que me tocó el corazón sin haber conocido personalmente a Maggi. También yo he perdido a alguien muy importante por culpa del cáncer. Ver a tantas personas reunidas para despedirla —sus hijos, su esposo, sus colegas— fue un testimonio de amor que me conmovió profundamente. Porque sí, las historias sobre la muerte también pueden ser historias de amor.

Y es fundamental que hablemos de la muerte. Que la miremos, que la vivamos, que la respetemos, así como deberíamos respetar la vida. Maggi era una persona encantadora, querida por muchísimas personas, todas presentes ese miércoles para rendirle homenaje. Le encantaban las flores, y así lo pidió: que nadie vistiera de negro, sino de colores. Que hubiera flores por todas partes. Ese simple deseo ya nos dice mucho sobre quién era ella.

Su familia —Francisco Carrasco y sus hijos, Alina y Miguel— pidió que, en lugar de flores, quienes quisieran demostrar su afecto hicieran una donación en nombre de Maggi a las organizaciones Oxfam, The Women’s Rights Fund y Stemettes: Women in Science. Maggi fue una mujer de ciencia, un campo donde todavía hoy las mujeres enfrentan barreras y discriminación.

Fue una profesora admirable que cambió la vida de muchos estudiantes y dio fuerza a muchísimas chicas que, como ella, amaban la ciencia. Pero su impacto fue mucho más allá de las aulas. Maggi fue una figura clave para la comunidad hispanohablante en la zona de Liverpool y Manchester, una comunidad que la quiso profundamente. Junto a su esposo, Francisco Carrasco, fundador de Luma Creations, Maggi construyó puentes entre culturas, lenguas y generaciones.

Por eso, la comunidad latina del noroeste de Inglaterra —numerosa y muy activa— estuvo presente en la ceremonia para acompañar a la familia y ofrecer sus condolencias. Personalidades como Cecilia Ramos, Magalí Flores y, por supuesto, el Luma Trio de Francisco, entre otros, estuvieron presentes.

Francisco es hijo de una familia de inmigrantes chilenos que huyó de la dictadura y encontró refugio en Manchester. Su vida, como él mismo cuenta, estuvo profundamente marcada por el amor que compartía con Maggi. Se acompañaron siempre, en todos sus proyectos, como dos personas con identidades propias, pero unidas por un amor puro, alentador y solidario.

De ese amor nacieron sus dos hijos, Alina y Miguel, a quienes criaron con la misma ternura y compromiso que los definía como pareja. Durante el homenaje a su madre, Alina dijo emocionada: “Nunca voy a parar de contarle a todo el mundo sobre ella”. Y es que el amor que Maggi entregó al mundo no se desvanecerá: seguirá vivo en las palabras, los recuerdos y las vidas que tocó. El sonido de los tambores que acompañó su despedida envolvió a los presentes, creando una atmósfera casi surreal, cargada de emoción y belleza.

Esta reseña es, sin duda, muy personal. No busca invadir la intimidad de la familia, sino rendir un pequeño homenaje. Porque no siempre es necesario hablar de grandes figuras públicas; a veces son las microhistorias, las vidas aparentemente comunes, las que más nos enseñan. Personas como Maggi, que vivieron con amor, que ofrecieron lo mejor de sí mismas sin esperar nada a cambio, nos devuelven la esperanza en un mundo que parece haberla perdido.

Vivimos encerrados en burbujas, anestesiados, temiendo sentir demasiado. Pero historias como la de Maggi nos despiertan. Nos recuerdan que amar de verdad, entregarse a los demás, vivir con flores y colores, todavía es posible. Y que, en el fondo, la muerte —si la miramos de frente— puede enseñarnos a valorar la vida como el derecho más sagrado que tenemos.

Porque al final, las flores no solo adornan la muerte: también nos enseñan a vivir.

Add a comment

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Advertisement