Lenguaje del poder es la clave para entender cómo los líderes comunican más allá de sus palabras. Hace unos días vi dos entrevistas en la BBC con la periodista Laura Kuenssberg. Una al presidente de Israel y otra al embajador de Irán en el Reino Unido. No eran entrevistas cualesquiera. Eran conversaciones tensas, cargadas de contexto político y de guerra. Pero lo que más me llamó la atención no fueron solo las respuestas, sino los gestos.
Lenguaje del poder y el lenguaje corporal
En un momento de la entrevista con el diplomático iraní, cuando la periodista presionó sobre las acusaciones de que el régimen reprime y mata a sus propios ciudadanos, el embajador cambió de postura. Su rostro se tensó. La expresión se volvió rígida. Por unos segundos pareció más una reacción emocional que una respuesta política. Era la incomodidad de quien sabe que la pregunta toca un punto difícil de defender.
En la entrevista con el líder israelí ocurrió algo distinto, pero igualmente revelador. Ante preguntas sobre la guerra en Gaza y la responsabilidad del gobierno israelí en el conflicto, el tono cambió. La postura se volvió más defensiva. Apareció ese gesto que muchos líderes adoptan cuando creen estar moralmente justificados: la certeza de quien se siente el guardián de una causa mayor.
Ese gesto me hizo pensar en algo que vemos cada vez más en la política global: líderes que se presentan como salvadores. Como si el mundo dependiera de su capacidad de decisión. Como si su país estuviera siempre en el lado correcto de la historia.
Y entonces recordé otra escena reciente, completamente distinta pero igualmente simbólica: Lionel Messi entregándole una pelota a Donald Trump. Una imagen aparentemente inocente, pero llena de significados.
Messi, el deportista más admirado del planeta, parecía incómodo. Su lenguaje corporal decía más que cualquier palabra: el gesto medido, la sonrisa breve, la distancia física. A veces el cuerpo revela lo que la diplomacia intenta ocultar. En política, como en el deporte, el gesto importa.
Vivimos en una era donde los líderes hablan constantemente de fuerza, seguridad y defensa nacional. Pero al observarlos de cerca, en entrevistas, en conferencias de prensa, en encuentros públicos, también se perciben inseguridades, tensiones y contradicciones.
El poder tiene su propio lenguaje
Un líder que evita la mirada; otro que se inclina hacia adelante para dominar la conversación y otro que sonríe cuando la pregunta es incómoda, son detalles mínimos, pero dicen mucho sobre la relación entre poder y verdad.
Para quienes observamos la política desde América Latina, una región acostumbrada a caudillos, discursos heroicos y promesas de salvación, estos gestos no resultan desconocidos.
Durante décadas hemos visto presidentes presentarse como redentores del pueblo. Como hombres providenciales capaces de resolver crisis históricas. Pero la historia nos ha enseñado que el liderazgo mesiánico casi siempre termina mal.
El mundo actual parece repetir esa dinámica
En diferentes regiones del planeta, los líderes vuelven a adoptar el papel de salvadores. Cada uno convencido de que su causa justifica decisiones extremas. Cada uno seguro de que la historia lo absolverá.
Pero, mientras los líderes compiten por ese papel, los ciudadanos comunes pagan el precio de esas certezas.
En Gaza, Ucrania, Oriente Medio, África, incluso en las tensiones en América Latina, la geopolítica se ha vuelto un tablero donde las decisiones se presentan como inevitables, como si la política fuera una sucesión de conflictos inevitables.
Y, sin embargo, cuando vemos esas entrevistas de cerca, cuando observamos el lenguaje corporal, las pausas, las incomodidades, recordamos algo fundamental: detrás de los discursos grandilocuentes hay seres humanos.
Somos seres humanos con ego, miedo, ambición y, a veces, una peligrosa convicción de tener razón, quizá por eso el gesto de Messi me pareció tan revelador. No era un gesto político. Era el gesto de alguien que sabe que su mundo, el del deporte, funciona con reglas distintas. En el fútbol no existen salvadores eternos. Solo jugadores, partidos y momentos.
La política, en cambio, parece obsesionada con encontrar mesías. Tal vez el verdadero desafío de nuestro tiempo sea abandonar esa idea. El mundo no necesita salvadores, porque necesita líderes capaces de escuchar, de dudar y, sobre todo, de reconocer que ningún país, ningún presidente y ningún gobierno tiene el monopolio de la verdad.
Porque cuando los líderes se convencen de que son indispensables, el mundo se vuelve más peligroso. Y esa es una lección que, en América Latina, conocemos demasiado bien.
Autor: Gustavo Portugal
Redacción: Express News UK







