Londres trilingüe: hijos de tres banderas

Por Gustavo Portugal

Las segundas y terceras generaciones se debaten entre la multiculturalidad y su lucha por no dejar de lado sus raíces, y que sean estás las que los identifiquen y definan mientras construyen su propia identidad en el país que acogió a sus padres y que, a muchos, ha visto nacer.

Hace diecisiete años, leí un artículo en el Evening Standard, un periódico londinense que suelo hojear en el metro. El titular hablaba de las más de 300 lenguas que se hablaban en los colegios de Londres. Me detuve a leerlo con atención. No era solo una cifra impactante —era un retrato vivo de esta ciudad que, a lo largo de las décadas, se ha convertido en uno de los puntos de encuentro más intensos y diversos del planeta—.

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Aquella cifra no solo hablaba de idiomas. Hablaba de herencias, de identidades múltiples, de hogares donde por la mañana se desayuna arepa o pan con palta y por la noche se cena pasta o fish & chips. Era una señal clara del mestizaje moderno, del tejido invisible de culturas entrelazadas que habitan esta ciudad.

Tras casi dos décadas de integración europea, Londres se transformó en un laboratorio social único, donde conviven hijos de migrantes africanos, caribeños, asiáticos, árabes, europeos del este y, por supuesto, latinoamericanos.

Pero todo cambió con el Brexit. La salida del Reino Unido de la Unión Europea removió muchas de las certezas con las que habíamos vivido. Y aunque es pronto para comprender todo su impacto, es evidente que uno de los grandes desafíos será preservar —y valorar— esa riqueza cultural que definió a Londres durante tanto tiempo.

Jóvenes ciudadanos del mundo

En medio de estos cambios, emergen nuevas formas de identidad. Conozco jóvenes que tienen tres nacionalidades legales —británica, italiana y peruana, por ejemplo— y que hablan con naturalidad inglés, español y algo de francés. En sus perfiles de redes sociales no hay una sola bandera. Hay varias. Porque no se sienten de un solo sitio. Son hijos de la globalización, sí, pero también de historias de amor migrantes, de decisiones difíciles y de oportunidades buscadas con coraje.

Yo mismo confieso que durante mucho tiempo miré con cierta sospecha la globalización. Me preocupaba que borrara matices, que uniformara culturas, que nos obligara a adaptarnos perdiendo lo que nos hace únicos. Pero, con el tiempo comprendí que también ha sido una gran plataforma de encuentro. Una oportunidad para crear nuevas mezclas culturales, para derribar barreras y para inventar formas más inclusivas de identidad.

Pensemos en una escena común en el Londres actual: una peruana se casa con un colombiano. O un chileno con una brasileña. El hogar que construyen aquí es tan latino como británico. Hoy en día, muchos gobiernos latinoamericanos ya reconocen la triple nacionalidad. Pero más allá de los documentos, surge una pregunta más profunda: ¿qué cultura predominará en ese hogar? ¿Qué idioma hablarán los hijos? ¿Qué platos se cocinarán los domingos?

Y si llegan los hijos, ¿de dónde se sentirán? ¿Qué bandera abrazarán? En mis charlas con adolescentes y jóvenes adultos hijos de migrantes, encuentro una constante reveladora. Aunque hayan nacido en Londres, cuando se les pregunta de dónde son, responden con firmeza: “soy portugués”, “soy colombiano”, “soy dominicano”. Lo dicen con orgullo, incluso si su dominio del español o del portugués no es perfecto.

Lo dicen porque ser latino no se aprende solo con palabras, se vive en la música que escuchan en casa, en las historias de sus padres, en las navidades diferentes, en los códigos invisibles que se heredan sin darnos cuenta.

Y sin embargo, esa afirmación convive con otra realidad: también son británicos. Les gusta el té con leche, celebran Halloween, usan modismos locales y tienen acento inglés. Y está bien. No están traicionando sus raíces. Están ampliándolas.

El tesoro de la multiculturalidad

Es hora de entender que no hay una sola forma de ser latino. Ni una sola manera de pertenecer. El futuro será híbrido. Y nuestros hijos, nuestros nietos, serán ciudadanos de múltiples mundos.

Por nuestra parte, la tarea de quienes migramos antes es ayudarles a construir un puente sólido entre esos mundos. Sin imponerles una sola identidad, pero sí dándoles herramientas para que se sientan orgullosos de todas sus raíces.

Porque ser hijo de tres banderas no es una confusión. Es una riqueza. Es tener el corazón más grande. Es hablar con tu abuela en español, escribir ensayos en inglés, y bailar reggaetón con tus amigos. Es entender que la identidad no es una jaula, sino un espacio en expansión.

En este Londres trilingüe, nuestras historias siguen escribiéndose. Y cada una de ellas merece ser contada.

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