La mente dispersa puede ser una fuente de equilibrio emocional si se aprende a distinguir entre la rumiación que atrapa y la divagación que libera.
Vivimos en una época en la que la atención se dispersa con facilidad. Las pantallas, las notificaciones y la saturación de estímulos nos empujan a creer que una mente distraída es una mente enferma. Sin embargo, la mente humana nunca fue un instrumento de precisión continua. Está hecha para moverse, asociar, recordar, imaginar. En esa capacidad de divagar reside tanto nuestra fragilidad como nuestra fuerza.
En 2010, los psicólogos Matthew Killingsworth y Daniel Gilbert publicaron en Science un estudio que marcó un punto de inflexión: ‘A wandering mind is an unhappy mind’.
Su conclusión fue contundente: cuanto más divagamos, menos felices somos. Las personas se sentían menos satisfechas cuando su mente estaba lejos del presente, incluso si pensaban en cosas agradables. Desde entonces, la divagación mental quedó asociada a la distracción, la infelicidad y el estrés.
Pero esa conclusión, aunque certera en parte, no es toda la historia. En años posteriores se ha demostrado que la mente que divaga también puede crear, reparar y sanar. Lo decisivo no es que la mente se aleje, sino a dónde va cuando se aleja.
La mente ‘rumiativa’: pensamiento que muerde su propia cola
La mente dispersa y rumiativa gira en círculos. Revive una conversación, repite una culpa, imagina escenarios catastróficos. Es el pensamiento que muerde su propia cola: cuanto más intenta resolver algo, más se enreda.
Este tipo de divagación es frecuente en la depresión y la ansiedad, donde el diálogo interior se vuelve acusador, exigente, infinito. A menudo, la persona no se da cuenta de que está atrapada. Cree que está pensando para entender, cuando en realidad está pensando para sufrir. La rumiación se disfraza de reflexión, pero en el fondo solo prolonga el malestar.
Reconocer ese mecanismo es el primer paso para romperlo. No se trata de forzar la mente al silencio, sino de interrumpir el ciclo del reproche. Nombrar lo que sucede ya introduce aire en la habitación cerrada del pensamiento.
La mente creativa: cuando la divagación se vuelve fértil
No toda divagación es pérdida de tiempo. La mente creativa también se aparta del presente, pero lo hace de otro modo. Mientras camina, conecta ideas que parecían inconexas. Mientras cocina, asocia una emoción con una imagen. Mientras observa el cielo, encuentra un sentido que no buscaba. Ese vagar mental no nos aleja del mundo: nos permite comprenderlo desde ángulos nuevos.

Muchos descubrimientos, poemas o decisiones importantes nacieron en momentos de divagación. La mente creativa reorganiza la experiencia, da sentido al pasado y abre espacio al futuro. Es, en cierto modo, una forma espontánea de terapia.
Educar la mente dispersa significa distinguir entre la rumiación que encierra y la divagación que libera. Para eso, el entrenamiento más útil no es el esfuerzo, sino la presencia.
Cultivar una presencia activa: prácticas que orientan la mente dispersa
Las prácticas de mindfulness —o atención plena— enseñan a estar en el momento con todos los sentidos. No se trata de vaciar la mente, sino de volver a casa. Cuando se entrena esta capacidad, la persona aprende a ver pasar los pensamientos sin subirse a cada uno de ellos. Pero hay otros caminos complementarios que ayudan a orientar la mente hacia lo positivo y a fortalecer el equilibrio emocional.
Gratitud consciente para cambiar una mente dispersa
Anotar o recordar tres cosas valiosas del día, por pequeñas que sean. Este simple hábito cambia el punto de vista: en lugar de buscar lo que falta, la mente empieza a notar lo que ya está.
Mente dispersa: Reencuadre cognitivo
Consiste en observar una situación dolorosa desde otro ángulo. No es autoengaño, sino una forma de recuperar perspectiva. “Esto me dolió” puede transformarse en “esto me enseñó”.
Respiración y coherencia cardíaca
Inhalar y exhalar con ritmo —por ejemplo, cuatro segundos al inhalar, seis al exhalar— ayuda a calmar el sistema nervioso. Al hacerlo, los pensamientos pierden velocidad y se vuelven menos amenazantes.
Actividades de flujo
Escribir, tocar un instrumento, cocinar, cuidar un jardín. Son momentos en los que la atención se funde con la acción. Allí desaparece la ansiedad del “yo” y surge una calma activa.
Contacto con la naturaleza
pasear sin auriculares, observar el movimiento de los árboles o el sonido del mar. La naturaleza no discute: enseña a estar.
Meditación compasiva
Dirigir pensamientos de bienestar hacia uno mismo y hacia los demás. No se trata de forzar la bondad, sino de suavizar el juicio interno. Practicar la compasión incluso con las propias limitaciones cambia la textura emocional del día.
Cada una de estas prácticas es una forma de reeducar la atención, de devolverle a la mente su capacidad de estar, crear y comprender. No hay que luchar contra la dispersión: hay que darle dirección.
La mente humana es un lugar lleno de ecos. En ella coexisten la culpa y la curiosidad, el miedo y la imaginación. Cuando se aprende a escuchar esos ecos sin miedo, dejan de ser ruido y se convierten en sentido.
No se trata de callar la mente, sino de aprender a conversar con ella. Dejar que hable, pero responderle con ternura y propósito.
Autor: Dr. Antonio Segovia. Médico especializado en medios de comunicación.
Redacción: Express News UK







