La pausa en pandemia marcó un antes y un después en la historia reciente, pero su impacto real parece haberse diluido con el tiempo. Desde el confinamiento global hasta el retorno acelerado a la normalidad, la experiencia dejó una pregunta abierta: ¿por qué no cambiamos? La crisis sanitaria obligó a millones a detenerse, repensar prioridades y reconectar con lo esencial, pero ese aprendizaje no logró sostenerse en el tiempo.
Un mundo que se detuvo… y volvió a correr
Vivimos en un mundo que arde. Desde la pandemia, ese gran momento que detuvo al planeta, hasta hoy, la sensación es que todo se ha acelerado aún más. Conflictos, crisis políticas, tensiones sociales. El ruido no ha disminuido. Al contrario.
Y, sin embargo, algo me inquieta. La pausa en pandemia no nos hizo reflexionar tanto como creíamos. Durante esos meses de encierro, muchos pensábamos que el mundo iba a cambiar. Que íbamos a replantearnos prioridades. Que volveríamos a lo esencial. Que aprenderíamos a vivir de otra manera.
Pero no fue así. Volvimos rápido. Demasiado rápido. Volvimos al mismo ritmo, a las mismas tensiones, a las mismas urgencias. Y en ese regreso, olvidamos algo fundamental: detenernos.
Hace años leí un artículo en el diario peruano El Comercio sobre una periodista española que vivía en Lima. Durante la pandemia, decidió trasladarse con su hijo a Oxapampa, en la ceja de selva peruana.
Lo que relataba no era una huida, sino un descubrimiento
Hablaba de una forma de vida distinta. Más pausada. Más conectada. Describía ese valle verde, hermoso, casi de ensueño, donde el tiempo parecía tener otro ritmo. Donde la vida no estaba dominada por la urgencia constante.
Contaba cómo su hijo crecía rodeado de naturaleza, lejos del ruido de la ciudad. No tenía todo lo que ofrece una gran capital, pero tenía algo que hoy parece escaso: tiempo, presencia, vida.
Y no solo eso. Durante esos meses vimos imágenes que parecían irreales: animales salvajes entrando en ciudades vacías, ríos que volvían a ser cristalinos en la ceja de selva peruana, cielos en grandes ciudades del mundo, especialmente en Asia, mucho menos contaminados.
Era como si la naturaleza nos estuviera mostrando algo. La periodista española, recontaba en sus artículos, la gente come, conversa, observa, vive. No como una idealización romántica; como una realidad.
Pausa en pandemia: las 4T y el valor del tiempo
En ese momento leí la historia y seguí adelante; como todos. Pero años después, esa historia volvió a resonar. Volvió cuando escuché a un cardiólogo hablar del “buen vivir” y de las llamadas “4T”:
- Tiempo para reflexionar.
- Talento para descubrir.
- Transmisión de positividad.
- Tutoría.
Cuatro ideas simples, pero profundamente necesarias. Y, entonces, entendí la conexión. Lo que esa periodista había vivido en Oxapampa era justamente eso: una vida donde el tiempo existe, donde el aprendizaje es continuo, donde se comparte, donde se acompaña.
Lo más impactante de aquella conferencia no fueron solo las 4T, sino otra afirmación: a pesar de su edad, el cardiólogo dijo que tenía dos tutores. Uno mayor y otro más joven. Porque, según él, la vida no se simplifica. Se vuelve más compleja.
Esa frase me hizo pensar en mi propia experiencia. Durante la pandemia, yo también quedé varado en el sur de Italia, en Sicilia, en Trapani. Y allí, entre el mar, los olivares y la cercanía de Erice, esa ciudad medieval que yo llamo mi “Machu Picchu italiana”, viví algo parecido.
Pausa en pandemia: el tiempo se detuvo
Y en esa pausa, se crearon lazos. Especialmente con mi hija. Sin grandes explicaciones, la vida simplemente ocurría. De otra manera.
Más presente, más humana. Y, sin embargo, cuando todo terminó, volvimos. Volvimos al ritmo anterior.
Hoy, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que la pausa en pandemia nos dio una oportunidad que no supimos sostener. Y, aquí, también hago una autocrítica: yo mismo he vuelto muchas veces a la no reflexión.
Porque somos humanos, imperfectos, pero justamente por eso, tal vez ahí esté la clave.
En Crónicas Latinas hemos hablado mucho de identidad: de migración, de pertenencia, de lengua. Pero hay algo más profundo que atraviesa todo eso: la identidad humana, porque uno puede cambiar de país, de idioma, de cultura… pero no debería perder la forma de vivir.
Volver a ser humanos en un mundo acelerado
Hoy vivimos en sociedades donde el éxito se mide en productividad, en eficiencia, en resultados. Pero rara vez se habla de calidad de vida real. De tiempo para pensar. De espacio para descubrir. De momentos para simplemente estar.
El mundo se mueve entre extremos: conflictos, discursos duros, liderazgos que se presentan como salvadores. Todo ocurre rápido y exige reacción inmediata. Pero la vida no debería ser solo reacción.
La historia de Oxapampa, y mi propia experiencia en Sicilia, me recuerdan algo esencial: hay otras formas de estar en el mundo. Más simples. Más conscientes. Más humanas.
No se trata de rechazar la ciudad ni de idealizar el campo. Se trata de recuperar una relación distinta con el tiempo. De volver a mirar. De volver a escuchar.
De volver a sentir. Y, quizás, sobre todo, de volver a acompañarnos.
Porque la reflexión no siempre llega sola. A veces necesita del otro, de una conversación, de un amigo o de un mentor. De esa tutoría humana que nos ayuda a detenernos y a ver con claridad.
Tal vez esa sea la única salida en un mundo que arde: reconstruir nuestras conexiones humanas. Como migrantes, tenemos una oportunidad silenciosa: elegir cómo vivir.
No repetir automáticamente el ritmo del lugar donde estamos, sino decidir. No sé hacia dónde nos llevará este mundo tan incierto, pero sí creo algo: no podemos olvidar cómo ser humanos.
Porque al final, uno puede avanzar, adaptarse, integrarse, pero si pierde la capacidad de detenerse, de reflexionar y de vivir con sentido, pierde algo más profundo. Y quizás esa sea la verdadera lección que no terminamos de aprender: La vida no solo se trata de seguir adelante. Se trata de saber cómo hacerlo.
Autor: Gustavo Portugal
Redacción: Express News UK







