El trauma migratorio no termina al cruzar la frontera, al contrario, se instala en la mente, altera el cuerpo y puede transmitirse a hijos y nietos. La ciencia confirma que lo que no liberamos hoy, lo heredarán las siguientes generaciones. Romper ese ciclo es posible, aunque requiere consciencia, acción y apoyo.

Como es costumbre, la sección Sabiduría y Bien Estar de su periódico Express News UK trae temas en los que se analiza el poder de la palabra de Dios reflejada en la realidad del cotidiano vivir, pero, también en ocasiones, diferentes profesionales han abordado temas de gran interés en materia de salud mental, comportamiento y desarrollo humano.
Es esta ocasión, el doctor Efraín Duany, psicoterapeuta, especializado en matrimonio y familia, expone un tema de alto valor para la comunidad migratoria que involucra su bienestar emocional, físico y social. El tema, con valiosa información, lo abordaremos en dos entregas editoriales. En esta edición, la primera de ellas.
El peso que no ves, pero sientes del trauma migratorio

“No puedes ver tus cadenas, pero las sientes cada día”. Así se resume la experiencia de muchos inmigrantes en Londres. Detrás de las maletas y la ilusión de una nueva vida se esconden miedos, pérdidas y recuerdos dolorosos. Este peso invisible limita a quien lo lleva, y, si no se aborda, se convierte en un legado emocional para las generaciones venideras. En barrios como Brixton, Tottenham o Newham, comunidades caribeñas, africanas y del Este de Europa comparten historias similares de soledad y adaptación.
La historia de Carlos, un inmigrante peruano, lo ilustra bien. Llegó con la esperanza de un futuro mejor, pero la soledad y el estrés constante fueron minando su salud tanto física como emocional. Sufría insomnio, dolores de cabeza y una sensación permanente de alerta.
Cuando la ansiedad se convierte en cadena

La ansiedad migratoria es como una tormenta silenciosa: no siempre visible, pero devastadora por dentro. La ciencia ha demostrado que el estrés crónico altera el sistema nervioso, mantiene elevados los niveles de cortisol y modifica la estructura cerebral, afectando la concentración, la memoria, la capacidad de tomar decisiones y predispone a problemas como hipertensión y enfermedades cardíacas.
El doctor Bruce McEwen, neuroendocrinólogo de la Universidad Rockefeller, explica: —“El estrés crónico, especialmente cuando no se reconoce ni se trata, sobrecarga el eje hipotalámico-pituitario-adrenal y aumenta la vulnerabilidad a enfermedades físicas y mentales. Los migrantes, por sus circunstancias, tienen mayor exposición a este riesgo”.
Con el tiempo, el cuerpo y la mente se adaptan a ese estado de alerta, como si fuera normal. Pero vivir así tiene un precio alto: una prisión emocional en la que el miedo al fracaso y la inseguridad se vuelven compañeros permanentes.
Trauma migratorio y el impacto en las siguientes generaciones

Uno de los hallazgos más relevantes de la ciencia moderna es el papel de la epigenética: las experiencias de una persona modifican la forma en que se expresan sus genes, y esos cambios se transmiten a la descendencia. La doctora Rachel Yehuda, pionera en el estudio del trauma intergeneracional, afirma: —“Las experiencias de estrés intenso, como las migraciones forzadas o la separación familiar prolongada, pueden dejar marcas biológicas reales. Esto no significa que el futuro esté condenado: la intervención temprana y la resiliencia pueden revertir parte de estos efectos”.
Esto significa que un hijo puede heredar una mayor predisposición a ansiedad o depresión, aunque no haya vivido el mismo trauma que su padre o madre. Basta con crecer en un entorno donde el miedo, la inseguridad o la tensión constante sean la norma. En familias migrantes, esto se traduce en hijos que sienten un peso emocional que no entienden del todo. “No necesitan escuchar las preocupaciones para absorberlas; basta con observar cómo reaccionan sus padres ante el mundo”, así lo señalan estudios recientes.
RESEÑA DEL AUTOR
Efraín Duany, es doctor en Psicoterapia, especializado en matrimonio y familia. Es presidente de ZODU Group Corp (Florida, EE. UU.). Además, es autor y profesor adjunto en Andrews University. Experto en resiliencia emocional, terapia familiar; certificado en ABA y herramientas prácticas para el bienestar integral.







