Por María Eugenia Vega

Una elección atípica, sí. Por primera vez en la historia institucional de Ecuador los resultados en la primera vuelta marcaron el clímax de la polarización política en el país, con un electorado que diferenció a las dos principales opciones con apenas un 0.17 % de diferencia. Una elección acostumbrada, también; el correísmo continuó siendo el clivaje que divide las posiciones desde hace una década.
Pero por lo mismo, esta vez fue el partido de la Revolución Ciudadana el que encarnó a la denostada “vieja política”, famoso argot que se había convertido en caballito de batalla de los populismos de izquierda en sus momentos de auge. Los años pasaron y la urgencia de las problemáticas a resolver en un país como Ecuador ya escapan de lo meramente discursivo o ideológico, por lo que la diferencia de más de 10 % obtenida por el presidente Noboa durante la segunda vuelta electoral resulta en una muestra de pragmatismo por parte de la población.
Ahora bien, ya consumado el proceso ¿Qué implicaciones tiene la reelección de Noboa? Aquí necesariamente deben analizarse dos planos: el nacional y el regional. En el primero, resulta en una cuota de confianza al proceso en curso, ya que durante el cumplimiento del período que quedaba al expresidente Lasso, Noboa parece convencer en buena medida sobre haber sentado las bases de un nuevo modelo productivo que permita salir de la crisis en la que se encuentra el país. También, con las medidas de seguridad implantadas como de carácter de “conflicto interno” ante la violencia estructural y el planteo de la necesidad de convocar a una Asamblea Constituyente para los cambios que necesita el país, sobre todo en materia de seguridad.
Desde el punto de vista regional, en principio no sorprende que un paladín de la democracia y de las elecciones transparentes como Nicolás Maduro cuestione el resultado del comicio y no reconozca al nuevo presidente; lo que sí resulta preocupante es la irresponsabilidad política y diplomática por parte de Colombia y México, importantes socios comerciales de Ecuador y con quien han suscrito acuerdos bilaterales y multilaterales de cooperación en diversas materias. Es decir, estas disputas pueden afectar seriamente el comercio, la inversión y la integración regional.
También, esto suma más problemas a la ya compleja agenda de seguridad de estos países y por supuesto, a la región, toda vez que la gravedad de las consecuencias de la presencia del crimen organizado requieren de respuestas conjuntas y cooperativas, especialmente en las zonas fronterizas. Y no debe dejarse de lado que, aunado a los problemas de seguridad en Ecuador, están la crisis económica y la desigualdad social, que también generan efectos derrame sobre los países vecinos, por ejemplo, a través de las migraciones.
Si algo queda claro es que, al perder el correísmo, la balanza no se inclina hacia el proyecto encabezado por Venezuela, país que ya no cuenta con la “chequera petrolera” que en otras décadas permitió comprar adeptos y voluntades. Y esto muestra también que es Colombia quien lleva las de perder, quedando cada vez más aislada del entorno regional. No así México, al tratarse de una economía más fuerte y con fuertes relaciones exteriores con otros países del mundo.
En este sentido, es importante destacar que las urgencias que dictan las problemáticas por las que atraviesa la región, y sobre todo Ecuador, implican superar esta “ilusión de Guerra Fría”, este revival de enfrentamientos ideológicos que no se condicen con las responsabilidades que demanda la política exterior para la región andina.

Retos de Gobierno, muy altos
Por otro lado, este nuevo período presidencial deberá enfrentar una serie de retos que combinan problemáticas tradicionalmente enquistadas en la sociedad ecuatoriana, como la desigualdad, la migración y las diferencias culturales, con fenómenos novedosos y transnacionales como el enquistamiento de las organizaciones criminales, que han redundado en una violencia sin precedentes en el país. En una reflexión previa a la primera elección, se argumentaba que los retos resultan difíciles de estimar por su complejidad e interrelación de dimensiones económicas, políticas y sociales y que por su mismo carácter exigen abordajes integrales por parte de un Ecuador, que no se encuentra preparado ni en condiciones de gestionar con urgencia capacidades materiales y de infraestructura que respondan estos desafíos.
Su gestión en materia económica ha logrado apoyo internacional, a partir de la implementación de reformas significativas como el aumento del impuesto al valor agregado (IVA) y reformas tributarias, en la búsqueda de incrementar la recaudación y mejorar la situación fiscal del país. sin embargo, resulta demasiado pronto plantear escenarios futuros en lo económico, ya que la gestión no deja de ser relativamente reciente.
El éxito de la implementación de sus políticas internas en estos aspectos, así como en los de seguridad es el condicionante que ha establecido, por ejemplo, Estados Unidos para fortalecer las relaciones bilaterales.

Sin fraude a la vista. Una victoria aceptada
Para culminar, no pueden dejarse de lado las denuncias por parte del arco opositor sobre el posible fraude cometido en el acto eleccionario por parte del oficialismo. Una diferencia tan ajustada en primera vuelta versus una tendencia irreversible por encima de los 10 puntos en la segunda, levantó los velos de la especulación y la oposición, en cabeza de Luisa González, que se aprestó a no reconocer los resultados, denunciando a su vez, abuso de poder por parte de Noboa, haber utilizado al Consejo Nacional Electoral para estos fines y aseverar que el estado de excepción ante el conflicto interno se implementó con el único fin de propiciar el fraude.
Sin embargo, la legitimidad de origen del nuevo presidente no está cuestionada dado el reconocimiento internacional y de las misiones de observación que se encontraron presentes en el comicio; también, por el hecho de haber sido oficialmente reconocido por los demás líderes latinoamericanos -aún los de izquierda- así como por los mandatarios de países como Estados Unidos, China, Francia y Rusia.
Además, las pruebas que deberían presentarse para proceder a la revisión de lo votos deberían ser lo suficientemente sólidas como para revertir una ventaja de más de 10 puntos, lo que hace inverosímil que se llegue a esta instancia. Por supuesto, la ley señala toda una serie de procederes que deben cumplirse, con lo que el argumento de la oposición de solicitar “vamos a pedir el reconteo y que se abran las urnas”, resulta sumamente laxo.

Luego de que en la década de los noventa existiese tanta preocupación por la transparencia, treinta años después se vuelven a convertir en el clásico “pan nuestro de cada día” las dudas sobre posibles fraudes en los actos eleccionarios, al que ya la región parece haberse acostumbrado a partir del caso venezolano.
Lamentablemente para las democracias, se asiste a una suerte de naturalización sobre unas instituciones electorales que se asocian al poder de turno, por lo que los argumentos tanto a favor como en contra pierden fuerza. Termina pareciéndose al niño que repite seguidamente una palabra hasta que la misma carece de significado. Así se están viviendo los resultados eleccionarios en buena parte de la región en la última década.
Más allá de estas cuestiones de coyuntura, lo que parece quedar despejado de dudas es que esta elección marca el ya franco desgaste del correísmo como opción política para Ecuador. Los problemas resultan apremiantes y la realidad política pareciera esbozar un panorama que da paso a nuevos actores dentro del sistema político.
