Y dejé de llamarte papá

Por Norma Constanza Jiménez

Un relato que abre la conversación sobre la sumisión química y expone la ruindad de la condición humana.

Hace solo unos meses un juicio mediático traspasó las fronteras de Francia y estremeció al mundo: durante varios años, Dominique Pelicot drogó sistemáticamente a su esposa Gisèle, con el único fin de invitar extraños a su casa para que la violaran, mientras él filmaba. 

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Así que cuando se anunció la llegada a Colombia del libro testimonial que la hija de Gisèle escribió, tuve que poner en pausa el listado de pendientes, para entrar en esta aterradora historia que nos deja demasiadas preguntas en torno a la condición humana.

Un abnegado padre, ese desconocido

Más allá del juicio mediático que tuvo lugar en septiembre pasado en Francia, Caroline Darian (seudónimo) nos entrega un relato desgarrador que se centra en la ambivalencia de ser hija de la víctima y a la vez hija del agresor. 

Enfrentar una realidad espantosa que prácticamente dividió a su familia, intentar gestionar sus emociones, y sobre todo, decidir qué haría con toda una vida de recuerdos y con el amor que le profesaba a un hombre que ya no merecía llamarse papá, hacen parte de los cuestionamientos de Caroline.

A lo largo del libro, cuya narración inicia el día en que la familia se entera que su padre ha sido detenido por los cargos ya mencionados, la autora reflexiona acerca de los sentimientos que la unen a ese hombre, ahora un extraño, que creyó conocer durante 42 años. 

El hombre que disfrutaba las vacaciones con sus hijos, que la animaba en el deporte, que cuidaba de sus nietos y compartía celebraciones familiares, resultó ser un monstruo que se creía dueño del cuerpo de su esposa, y al parecer, del de las mujeres de su familia, ofreciendo a desconocidos en internet sus imágenes y su dignidad.

Y tal vez aquí viene el primer problema. Llamar “monstruo” al agresor, nos aleja moralmente de este tipo de personas. Nos pone en la otra acera y nos hace afirmar que nosotros no somos eso, que nunca seríamos capaces de convertirnos en alguien así

Sin embargo, es importante recordar que entre los más de 50 violadores de Gisèle que fueron llevados a juicio público de al menos 70 registrados en los vídeos y fotos almacenados por Dominique Pelicot en sus equipos electrónicos había hombres de todas las edades y oficios. 

Estudiantes, bomberos, camioneros, guardias de seguridad, pensionados y hasta un periodista. Y todos esos hombres acudieron a la cita, accedieron a ser filmados y violaron a una mujer inconsciente. Y al día siguiente, continuaron con sus vidas normalmente. 

Así que, como lo deja ver la autora en su testimonio, los violadores no siempre están en un callejón oscuro y tienen cara de psicópatas peligrosos, los violadores también tienen el aura de un buen hombre de familia, de un buen amigo, a quien se invita con gusto a cenar.Un abnegado padre, ese desconocido

Más allá del juicio mediático que tuvo lugar en septiembre pasado en Francia, Caroline Darian (seudónimo) nos entrega un relato desgarrador que se centra en la ambivalencia de ser hija de la víctima y a la vez hija del agresor. 

Enfrentar una realidad espantosa que prácticamente dividió a su familia, intentar gestionar sus emociones, y sobre todo, decidir qué haría con toda una vida de recuerdos y con el amor que le profesaba a un hombre que ya no merecía llamarse papá, hacen parte de los cuestionamientos de Caroline.

A lo largo del libro, cuya narración inicia el día en que la familia se entera que su padre ha sido detenido por los cargos ya mencionados, la autora reflexiona acerca de los sentimientos que la unen a ese hombre, ahora un extraño, que creyó conocer durante 42 años. 

El hombre que disfrutaba las vacaciones con sus hijos, que la animaba en el deporte, que cuidaba de sus nietos y compartía celebraciones familiares, resultó ser un monstruo que se creía dueño del cuerpo de su esposa, y al parecer, del de las mujeres de su familia, ofreciendo a desconocidos en internet sus imágenes y su dignidad.

Y tal vez aquí viene el primer problema. Llamar “monstruo” al agresor, nos aleja moralmente de este tipo de personas. Nos pone en la otra acera y nos hace afirmar que nosotros no somos eso, que nunca seríamos capaces de convertirnos en alguien así

Sin embargo, es importante recordar que entre los más de 50 violadores de Gisèle que fueron llevados a juicio público de al menos 70 registrados en los vídeos y fotos almacenados por Dominique Pelicot en sus equipos electrónicos había hombres de todas las edades y oficios. 

Estudiantes, bomberos, camioneros, guardias de seguridad, pensionados y hasta un periodista. Y todos esos hombres acudieron a la cita, accedieron a ser filmados y violaron a una mujer inconsciente. Y al día siguiente, continuaron con sus vidas normalmente. 

Así que, como lo deja ver la autora en su testimonio, los violadores no siempre están en un callejón oscuro y tienen cara de psicópatas peligrosos, los violadores también tienen el aura de un buen hombre de familia, de un buen amigo, a quien se invita con gusto a cenar.

El dominio y la sumisión química 

En el caso de Gisèle Pelicot, además de drogarla sistemáticamente durante casi una década, con un coctel de medicamentos que le provocaban pérdida de memoria y desvanecimientos continuos, su marido se ocupó también de dominarla hasta en los más mínimos detalles de su cotidianidad compartida.

A pesar de haber sido una alta ejecutiva durante su vida laboral, Gisèle fue alejada por su esposo de sus amistades y su círculo más cercano, pues una vez jubilados, se fueron a vivir al sur de Francia. Fue allí donde empezó a restringirla sutilmente de las labores más rutinarias como revisar el correo, ocuparse de los pagos, o hacer las compras. 

Así que en ese ambiente apartado de sus propios hijos y controlando hasta el más mínimo detalle de su vida, este hombre mezclaba los medicamentos en sus bebidas y su esposa perdía el conocimiento por varias horas, tiempo que Pelicot aprovechaba para fotografiarla, ofrecerla en internet, y recibir extraños en su propia casa para que agredieran sexualmente a la mujer con la que llevaba 50 años casado y a la que él llamaba ante todos “el amor de mi vida”.

En su prólogo, Darian presenta cifras escalofriantes alrededor de la práctica de la sumisión química. En Francia, al menos, este fenómeno está bastante subestimado, y las pocas cifras fiables y disponibles arrojan un panorama desolador: la mayoría de las víctimas son mujeres y casi el 70 % de los casos están relacionados con agresiones sexuales. El agresor suele ser una persona cercana en al menos el 41,5 % de los reportes. 

Estas cifras nos ponen de frente contra una creencia que siempre hemos tenido las mujeres: la necesidad de cuidar nuestras bebidas y comidas de los desconocidos en sitios o eventos públicos. Nunca nos enseñaron a desconfiar de lo que nuestros allegados puedan ponernos en el café de la mañana

Que la vergüenza cambie de bando

Todos vimos en el juicio a una Gisèle Pelicot empoderada y decidida a que la vergüenza cambiara de bando, exponiendo públicamente a sus agresores. Sin embargo, no siempre fue así. 

Al inicio del proceso que comenzó en noviembre de 2020 con la captura de Pelicot, Caroline debió acompañar a su madre quien se encontraba en negación frente a todo lo sucedido, mientras echaba en falta la ayuda psicológica del sistema tras conocerse un delito de esta magnitud.

La propia Caroline debió pasar por apoyo psicoterapéutico de urgencia durante el proceso, para poder aceptar la realidad que trastocó su vida, y brindarle a su madre el apoyo que necesitaba. Hoy en día es una mujer que lucha abiertamente contra la sumisión química, a través de la fundación #MendorsPas (No me duermas).

Aunque ya conocemos el resultado del juicio en el que más de cincuenta hombres, incluyendo a Dominique Pelicot, fueron acusados y condenados, les recomiendo esta lectura. El libro: Y dejé de llamarte papá está publicado en español por Seix Barral y tiene 204 páginas que tienen que ser cerradas continuamente por el lector, para poder digerir la lectura y unos minutos después volver a ella para seguir conociendo el horror.  

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