La Asamblea 80 de la ONU fue escenario de un fuerte choque de visiones entre potencias globales.
Desde el discurso polémico de Donald Trump hasta las posturas diplomáticas de Macron, Starmer y Petro, la cumbre reflejó la fractura del multilateralismo y el desafío de construir un consenso global.
La reciente sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, la 80ª de su historia, se convirtió en un campo de batalla ideológico y geopolítico. Con Donald Trump y la polémica propuesta para Palestina, hasta la reafirmación del liderazgo europeo por Keir Starmer y Emmanuel Macron, pasando por el discurso incendiario del colombiano Gustavo Petro, la cumbre evidenció la profunda fractura en la gobernanza global. La Cumbre del Futuro, aunque ambiciosa, se vio opacada por la crudeza de las crisis internacionales y la polarización.
Trump, Macron, Starmer y Petro dividen el escenario diplomático
La presencia de Donald Trump en la escena internacional, como presidente de una de las mayores potencias del mundo con una fuerza política dominante, siempre garantiza titulares y controversia. Su intervención en la Asamblea de la ONU, no fue la excepción, centrándose en el conflicto de Gaza con una visión que fue catalogada por muchos observadores como radicalmente transaccional y deshumanizante.

Trump, al abordar el futuro de la Franja de Gaza, planteó una aproximación que, según sus propios términos, se asemejaba a un “desarrollo inmobiliario” a gran escala.
Su propuesta, detallada en documentos y filtraciones durante la semana de la Asamblea, incluía la idea de que Estados Unidos podría, al menos temporalmente, “tomar posesión” del territorio devastado, con la promesa de “construir comunidades seguras, un poco alejadas de donde están, donde está todo este peligro”. Esta perspectiva, que trata la soberanía y la vida de millones de personas como un activo inmobiliario, generó un rechazo inmediato.
El punto más álgido de su postura fue el rechazo explícito al derecho de retorno de los refugiados palestinos, una piedra angular de la posición palestina y del derecho internacional humanitario. La visión de Trump exige, en la práctica, la rendición de Hamás sin garantías claras de un Estado palestino viable, y con la amenaza implícita de una acción militar intensificada, apoyando a Israel “para hacer lo que tenga que hacer”, si el grupo no acepta el plan.
La condena fue inmediata. Los países árabes y musulmanes criticaron duramente que se tratara la causa palestina con la “mentalidad de un corredor de bienes raíces”, mientras que organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional calificaron de “deplorable e ilegal”, la mención de una posible deportación o el control estadounidense, señalando que “ningún Estado tiene derecho a tratar a una población protegida que vive bajo ocupación como peón en un juego de ajedrez geopolítico”.
El tema de Palestina, central en cada Asamblea, se polarizó aún más, con la intervención de Trump socavando cualquier intento de consenso basado en la solución de dos Estados respaldada por la mayoría de la comunidad internacional.
Asamblea 80 de la ONU: Starmer y Macron reafirmando el multilateralismo
Frente a la turbulencia generada desde Washington, los líderes europeos buscaron reafirmar un multilateralismo basado en principios y pragmatismo, con el Primer Ministro británico, Keir Starmer, y el presidente francés, Emmanuel Macron, a la cabeza. Macron, usando su plataforma para abordar las “crisis de seguridad más importantes”, reafirmó el compromiso de Francia con Ucrania y, de manera significativa, hizo un llamado categórico a la paz en Oriente Medio, anunciando que Francia tomaría la decisión política de reconocer formalmente el Estado de Palestina.
Este movimiento estratégico, alineado con otros países europeos, busca romper el ciclo de inacción. Sin embargo, Macron fue claro al exigir que el reconocimiento solo tendría sentido en el marco de un plan político que incluya el desmantelamiento de Hamás tras un alto el fuego.
Su intervención no solo se centró en la paz, sino también en la lucha contra las desigualdades, el cambio climático y la necesidad de reformar las instituciones internacionales para que sean “más eficaces, más equitativas y más representativas”.
Por su parte, Starmer, en su primer discurso importante ante la Asamblea, se presentó como el líder que devuelve al Reino Unido a la senda del “liderazgo global responsable”, después de años de incertidumbre post-Brexit.
Starmer centró su atención en la rendición de cuentas por las violaciones de la Carta de la ONU (apuntando directamente a Rusia por Ucrania y a Irán por su programa nuclear) y en la reforma financiera internacional.
Abogó por una reestructuración de la arquitectura financiera global, instando al FMI y al Banco Mundial a ser más audaces, afrontar la deuda insostenible de los países pobres y desbloquear la financiación para la lucha contra el cambio climático.
Sobre el Medio Oriente, su llamado fue similar al de Francia: un alto el fuego inmediato en Gaza y Líbano para permitir un “acuerdo diplomático”. Ambos líderes europeos, si bien condenaron el terrorismo, hicieron hincapié en la necesidad urgente de abordar la catástrofe humanitaria y de asegurar un futuro viable para los palestinos, buscando una posición de puente entre la postura estadounidense y las demandas del Sur Global.
La voz disidente y polémica del presidente Petro
El polo opuesto de la contención diplomática europea vino del líder colombiano, Gustavo Petro, cuya intervención en la asamblea 80 de la ONU se convirtió en la más divisiva y diplomáticamente costosa de la Asamblea. Petro, enarbolando la bandera del antiimperialismo y la justicia climática, utilizó su tiempo para lanzar diatribas agresivas contra el orden mundial y figuras específicas.

Petro argumentó que las tendencias autoritarias y la retórica populista que amenazan la democracia en Estados Unidos y otras partes del mundo tienen ecos peligrosos de la historia del siglo XX. Esta comparación, hecha en la sede del multilateralismo, fue vista como una violación de la etiqueta diplomática y una provocación directa.
A esto se sumó un llamado radical a la formación de un ‘ejército global’ para hacer cumplir la justicia internacional, una fuerza que, según sus palabras, debería ser “más grande que el ejército de Estados Unidos”. Además, se informó que Petro instó a los soldados estadounidenses a “desobedecer órdenes” en el contexto de conflictos militares, lo que fue calificado por el Departamento de Estado de EE. UU. como “imprudente e incendiario”.
La respuesta de Estados Unidos no se hizo esperar y la visa del presidente colombiano fue revocada al igual que la de otros de sus escuderos en su gobierno. estadounidense. Petro se posiciona como una voz estridente contra la hegemonía occidental, aprovechando el podio de la ONU para polarizar y movilizar a su base con una retórica maximalista que, si bien resuena en ciertos círculos, aísla diplomáticamente a su país de los principales actores económicos y de seguridad.
Su enfoque, que combina la defensa de la vida con la condena a los “vicios y actividades delincuenciales que nos han impuesto”, busca redefinir la lucha global como un enfrentamiento entre la justicia social/climática y el imperialismo económico.
Asamblea 80 de la ONU: Conclusiones y compromisos
A pesar de los choques diplomáticos que dominaron los titulares, la 80ª. Asamblea General culminó con avances institucionales concretos, impulsados principalmente por la Cumbre del Futuro. El compromiso central fue la negociación de un Pacto para el Futuro, un documento de acción diseñado para modernizar la gobernanza mundial.
Este pacto se centra en cinco áreas clave:
- Desarrollo Sostenible: reafirmación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), con un ‘Momento ODS’ dedicado a impulsar el progreso estancado de aquí a 2030, haciendo hincapié en las transiciones justas e inclusivas.
- Paz y Seguridad: compromiso con el fortalecimiento de las herramientas preventivas y la reforma del Consejo de Seguridad.
- Tecnología y Gobernanza Digital: acuerdos para promover un marco de gobernanza global para la inteligencia artificial y el ciberespacio, asegurando que el desarrollo tecnológico beneficie a toda la humanidad y no profundice las brechas.
- Clima y Medioambiente: la Reunión Plenaria de Alto Nivel sobre las Amenazas Existenciales del Aumento del Nivel del Mar generó compromisos para movilizar el liderazgo político y los recursos necesarios para la resiliencia de los Pequeños Estados Insulares en Desarrollo y las zonas costeras bajas. Se enfatizó la necesidad de una financiación climática más ambiciosa, ecoando los llamados de Starmer.
- Juventud y Futuras Generaciones: el compromiso de dar voz a los jóvenes en los procesos de toma de decisiones globales, asegurando que las políticas actuales no hipotequen el futuro.
En esencia, la Asamblea General mostró dos realidades paralelas. Por un lado, la maquinaria institucional de la ONU sigue avanzando con planes detallados y pactos ambiciosos, intentando gestionar la crisis climática, la tecnológica y la de desigualdad. Por otro, el escenario político de la Asamblea, con las intervenciones de Trump, Petro, Starmer y Macron, reflejó una realidad geopolítica fracturada, donde la retórica estridente y la polarización sobre temas como Palestina y la hegemonía global amenazan con socavar los cimientos mismos de la cooperación que la Cumbre del Futuro se esfuerza por construir. El reto para los próximos años será determinar si el “Pacto para el Futuro”, puede sobrevivir al ‘Choque de Gigantes’.







