Bad Bunny Super Bowl: un conejo malo, una historia poderosa

Bad Bunny Super Bowl durante su presentación en el espectáculo de medio tiempo. Bad Bunny Super Bowl durante su presentación en el espectáculo de medio tiempo.
Bad Bunny lleva el español al espectáculo de medio tiempo del Super Bowl.

Bad Bunny Super Bowl dejó de ser solo un espectáculo musical para convertirse en un acto de afirmación cultural.

Durante años evité a Bad Bunny. No por prejuicio hacia la música urbana, sino por una decisión simple: elegir qué escuchar. Su tono, sus letras, su estética no conectaban conmigo.

Pensé que podía mantenerme al margen. Que bastaba con no reproducir sus canciones para que el fenómeno pasara de largo. Pero el marketing, esa maquinaria persistente que no descansa, terminó imponiéndose. Conocí a Bad Bunny no por su discografía, sino frente a una pantalla, el pasado 8 de febrero, por su presencia en uno de los escenarios más poderosos del planeta: el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl. Y allí entendí que estaba frente a algo más que un artista de moda.

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Bad Bunny Super Bowl: del marketing a la narrativa

En términos de mercadeo, el caso es impecable. Bad Bunny es una marca global: posicionada, rentable, estratégica. Llena estadios, genera conversación, moviliza audiencias. El Super Bowl no es solo un evento deportivo; es una plataforma de comunicación con impacto planetario, una vitrina donde confluyen espectáculo, política y negocios. Llegar allí es la confirmación del éxito bajo los parámetros contemporáneos: visibilidad masiva, poder económico y centralidad cultural.

Sin embargo, lo que me impactó esa noche no fue la marca, sino la persona. No fue el producto Bad Bunny, sino Benito Antonio Martínez Ocasio, el nombre real detrás del “conejo malo”.

Aquí es donde la comunicación supera al marketing. La marca puede ser disruptiva, estridente, incluso distante para quienes no conectamos con su propuesta musical. Pero la persona encarna una narrativa. Y toda narrativa, si está bien contada, despierta emociones que trascienden el producto. Esa noche Benito contó muy bien su historia latina.

Miri Rodríguez, en su libro Storytelling Narrar su Marca, plantea una pregunta clave: ¿despierta la persona conceptual de la historia las mismas emociones en la audiencia que la marca? En mi caso, la respuesta es contundente: no. La marca Bad Bunny no me generaba conexión. Benito, en cambio, sí.

Identidad latina y representación global

Lo que vi en el escenario fue a un artista que decidió hablar en español desde la tribuna más anglosajona del entretenimiento estadounidense. En un espacio históricamente dominado por el inglés, optó por no traducirse. Presentó símbolos, acentos y referencias culturales propias. No fue un gesto menor. Fue una declaración narrativa.

La reacción pública, incluidas críticas desde esferas políticas de alto nivel, confirmó que no se trató de un espectáculo neutro. Se activó conversación. Y cuando un show genera debate sobre idioma, identidad y representación, estamos ante un acto comunicacional con carga simbólica.

El marketing lo llevó hasta allí. Pero fue la historia la que sostuvo el impacto.

Benito representó algo más amplio que su marca. Encarnó la historia del latino que asciende, que transforma sus raíces en propuesta estética, que convierte su biografía en activo cultural. La historia del migrante que navega entre culturas y redefine el significado de triunfo. No el triunfo como simple acumulación de fama o dinero, sino como capacidad de ocupar espacios de poder sin renunciar a la identidad. Su presentación fue única.

Rodríguez también advierte que la persona conceptual debe establecer el tono emocional de la marca. Y ahí aparece otra tensión interesante. Para muchos, incluyéndome, Bad Bunny como marca proyectaba una imagen agresiva o distante desde lo musical. Pero Benito, en el scenario esa noche, proyectó orgullo, pertenencia y coherencia con una historia colectiva. Las emociones que despertó no provenían del producto comercial, sino del relato humano que lo sustenta.

Esa noche reafirmé algo que el marketing suele olvidar: las marcas pueden posicionarse, pero son las historias las que conectan. El producto puede llenar estadios; la persona puede abrir diálogos.

Y en ese cruce, al menos para mí, Benito superó a Bad Bunny. No solo ocupó el escenario más visto del mundo: lo resignificó. Habló en su idioma, habló desde su cultura y logró que incluso quienes nunca habíamos sido su audiencia termináramos escuchándolo.

Redacción: Express News UK

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