POR GUSTAVO PORTUGAL
En los catálogos cinematográficos y notas de prensa coexisten los conceptos de cine latinoamericano, iberoamericano y latino. Más allá de un mero matiz del lenguaje, el productor peruano Gustavo Portugal reflexiona desde su experiencia en el Reino Unido sobre cómo cada una de estas etiquetas define una historia, un centro de gravedad geográfico y una forma única de habitar y nombrar nuestra identidad.
Hace unos días, mientras revisaba las notas de prensa de un festival de cine en el Reino Unido, volví a encontrar una expresión que llevo años leyendo: cine iberoamericano. Horas después abrí el catálogo de otro festival y allí aparecía otra denominación: cine latinoamericano.
Ninguna de las dos era incorrecta. Sin embargo, terminé haciéndome una pregunta que durante años nunca me había planteado: ¿por qué unas instituciones hablan de cine iberoamericano y otras prefieren hablar de cine latinoamericano? ¿Es simplemente una cuestión de palabras o, detrás de ellas, existe una manera distinta de entender quiénes somos?
Durante años pensé que ambas expresiones significaban exactamente lo mismo. Hoy ya no estoy tan seguro. Después de trabajar como productor y asistir a festivales, mercados y encuentros de la industria audiovisual, he comprendido que las palabras nunca son inocentes. Cada una pone el acento en una parte distinta de nuestra historia y, al hacerlo, también construye una determinada identidad.
Cuando se habla de Iberoamérica, el punto de encuentro está en ambos lados del Atlántico. La palabra reúne a España, Portugal y a los países americanos donde se hablan el español y el portugués.
No es casual que muchas instituciones culturales, programas de cooperación o cumbres internacionales utilicen este término. Es una forma de destacar una herencia lingüística e histórica compartida.
En cambio, cuando hablamos de América Latina, el centro de gravedad cambia. La mirada deja de dirigirse hacia Europa y se concentra en nuestro propio continente. La expresión pone en primer plano una identidad construida en América, marcada por la diversidad de pueblos indígenas, por la presencia africana, por las migraciones europeas y asiáticas y por una historia propia que no puede explicarse únicamente desde la colonización.
Después aparece una tercera palabra que, sobre todo en el mundo anglosajón, escuchamos cada vez con más frecuencia: latino. En ciudades como Londres, Nueva York o Los Ángeles, el término ya no describe únicamente un origen geográfico. También define a quienes vivimos fuera de nuestros países y compartimos una experiencia común: la migración.
Después de más de treinta años viviendo en Londres, esta diferencia ha dejado de parecerme un simple matiz lingüístico. Cuando salí del Perú era, sencillamente, peruano.
Con el tiempo descubrí que aquí también era latinoamericano. Compartía historias, costumbres y formas de entender la vida con colombianos, ecuatorianos, venezolanos, bolivianos, mexicanos o argentinos.
“Iberoamericano explica una parte de nuestra historia. Latinoamericano explica otra. Una pone el énfasis en un espacio compartido con la península ibérica; la otra reivindica una identidad nacida en este lado del océano.
Más adelante comprendí que, en determinados espacios culturales, también formaba parte de una comunidad iberoamericana donde España y Portugal aparecían como interlocutores naturales.
Lo curioso es que ninguna de esas identidades excluye a la otra. Todas conviven.
Quizás por eso me resulta difícil responder cuál de las dos expresiones prefiero. Iberoamericano explica una parte de nuestra historia. Latinoamericano explica otra. Una pone el énfasis en la lengua y en un espacio cultural compartido con la península ibérica; la otra reivindica una identidad nacida en este lado del océano, con una personalidad propia que trasciende el legado europeo.
El cine me ha enseñado que esa diversidad no es un problema, sino una riqueza. He visto películas peruanas emocionar a espectadores españoles, producciones mexicanas conmover a públicos británicos y cineastas argentinos dialogar con realizadores portugueses como si pertenecieran a una misma conversación cultural. Al mismo tiempo, he comprobado cómo una película profundamente local puede conectar con cualquier espectador precisamente porque habla de emociones universales. Tal vez ahí esté la respuesta.
“Poco a poco descubrimos que la identidad no es un lugar fijo, sino un proceso que cambia con nosotros. Nuestra cultura no cabe en una sola definición.”
Las etiquetas son necesarias porque nos ayudan a entender el mundo. Pero también tienen límites. Ninguna palabra consigue abarcar la enorme diversidad de un continente donde conviven cientos de culturas, lenguas, tradiciones y formas distintas de entender la vida. Pretender que una sola expresión defina toda esa complejidad sería simplificar demasiado nuestra propia historia.
Como migrantes, además, vivimos una transformación permanente. Aprendemos nuevas costumbres sin renunciar a las nuestras. Incorporamos otras maneras de pensar sin dejar de reconocer nuestras raíces. Poco a poco descubrimos que la identidad no es un lugar fijo, sino un proceso que cambia con nosotros.
Quizás por eso sigo leyendo con atención los catálogos de festivales y las notas de prensa. Ya no busco únicamente descubrir nuevas películas. También observo cómo seguimos nombrándonos. Porque cada palabra refleja una forma distinta de mirar nuestra historia y nuestro lugar en el mundo.
Al final, después de tantos años viviendo fuera del Perú, he llegado a una conclusión sencilla. No me preocupa demasiado si un festival habla de cine iberoamericano o de cine latinoamericano. Lo verdaderamente importante es que nuestras historias siguen viajando, encontrando nuevos públicos y demostrando que nuestra cultura no cabe en una sola definición.
Quizás esa sea la mayor riqueza de América Latina. Somos herederos de muchas historias al mismo tiempo. Y, como ocurre con las mejores películas, nuestra identidad siempre admite más de una lectura.
Pie de foto 1: La proyección de obras audiovisuales en certámenes internacionales sirve como puente de diálogo cultural entre Europa y el continente americano.







