Por Alejandro Mulero

La tecnología y la innovación están permeando casi todos los espacios de la vida. No te extrañe si en servicio al cliente, en los supermercados o en las estaciones de combustible, muy posiblemente, te atienda una bella, encantadora y capacitada imagen de IA. ¿Estamos preparados para la interacción con la tecnología y no con las personas?
Como cada Nochevieja, el genial cómico José Mota se encargó de amenizar la velada en la televisión pública española. El especial tenía como premisa que la Unión Europea había creado una inteligencia artificial (IA) para sustituir a los políticos y estos debían reconvertirse en cómicos.
Este tema no es casualidad. Cada vez más noticias acerca de la IA (AI, en inglés) abundan en las noticias. A veces para bien, como el doctor Derya Unutmazya, inmunólogo, quien dijo hace unos días que la IA hará que seamos inmortales dentro de pocos años, y que curará todas las enfermedades, y otras negativas, como la creciente preocupación por la posibilidad real de que la IA termine controlando, e incluso aniquilando, a los humanos.
Aparte de utopías y distopías varias que se suelen nombrar, lo que nadie duda es que en un mundo donde cada vez era más difícil saber lo que era real o no, el desarrollo de la IA ha sido la gota que colmó el vaso. Este vaso, si se derrama, seguramente no oxidará a las máquinas sino a los humanos.
Hace unos días, chateé durante un rato con atención al cliente de una aplicación de música. Tras solventar mis dudas, no pude aguantar la tentación de decir alguna broma. La agente, llamada Maya, parecía tener buen sentido del humor, ya que entendía mis dobles sentidos con afán gracioso. ―El humor y apreciarlo―, es una de las cosas que nos distinguen de los animales y, por supuesto, de las máquinas.

Entre lo aparente y la realidad
Todo fue tan desenfadado que le pregunté que dónde estaba localizada, si en Escocia o en la India, donde muchas compañías tienen sus servicios de llamadas. Entonces, el mundo se me cayó encima. Su respuesta fue: “realmente, soy un asistente de inteligencia artificial, así que no tengo localización física”, Por cordialidad hacia el prójimo, la felicité.
Su ejército de bits y bots me habían creado un runrún agradable de realidad. También le di las gracias por haber puesto toda su alma en la conversación. Me di cuenta después que tras saber que Maya no era ninguna persona, sino un cúmulo de algoritmos, yo seguía bromeando con ella.
Maya pasó el test de Turing, un test concebido para comprobar si una inteligencia artificial puede mostrar un comportamiento inteligente indistinguible de un humano. Maya lo pasó con nota ―¡Enhorabuena, Maya, sí tus bots están leyendo esto!―.
Es curioso que su nombre fuera precisamente Maya. Este término en el Hinduismo se refiere a la ilusión mágica de la realidad, que hace que no percibamos la realidad última, sino que sólo percibimos una ilusión. Durante días, el runrún de realidad parecía el runrún de la abeja Maya revoloteando por mis orejas recordándome cómo pude picar el cebo. ¿Cómo puede ser que Maya entendiera las diversas bromas que le dije?
Entonces, mi asombro se transformó en tristeza. ¿Es este el futuro de la comunicación humana? Tal vez sí, viendo a todo el mundo encadenado a sus pantallas de móvil cuando están rodeados de amigos. Este tipo de interacción con la IA no es más que una versión mucho más sofisticada de lo que hace el personaje de Tom Hanks en la película Náufrago, donde su único amigo es una pelota de voleibol llamada Wilson.
Tal vez inconscientemente, me imaginaba que el buen humor de nuestro chat iba a terminar conmigo casándome con Maya y quitando el velo de su vestido de novia sólo para darme cuenta ―gritando: “¡AI, qué pena!”―, en un golpe de realidad, que detrás sólo había una pantalla y sólo descubría el velo de ilusión llamado Maya para la religión de la India.

Aprendiendo a reconocer
Ya nada es tan seguro como antes. No podemos distinguir voces o imágenes en movimiento de gente famosa o textos, pinturas, partituras… Maya ―no mi amiga, sino el mundo ilusorio donde vivimos―, ha borrado toda sensación de certeza.
Algo cierto me quedó, la calidez de una conversación en un lugar acogedor se está convirtiendo en algo frío y deslocalizado, que puede confundirnos entre lo real, lo que puede sonar a verdad o la distorsionada nueva realidad.
