Trump, Putin y la brújula sin rumbo de Europa: análisis político sobre Ucrania

Caricatura de Trump arrodillado frente a Putin. Caricatura de Trump arrodillado frente a Putin.
Caricatura política que muestra a Trump arrodillado frente a Putin.

Trump Putin Ucrania se han convertido en el eje central de un análisis político que revela la fragilidad de Europa ante la guerra. En esta tragicomedia geopolítica, Donald Trump se ofrece como mediador en la guerra de Ucrania con la misma finura con la que un vendedor de autos usados promete garantía extendida: sonríe, aprieta manos y luego redefine las condiciones en el camino. El reencuentro con Vladimir Putin, de la mano de ‘paz en 24 horas’ y fotos de cumbre en Alaska, dejó más titulares que resultados; si hubo humo blanco, se evaporó en la pista de aterrizaje.

Conviene partir de una obviedad que escandaliza solo a los ingenuos: Estados Unidos siempre privilegiará sus intereses, aunque eso implique dinamitar acuerdos venerados en el santuario de la modernidad occidental. Lo hizo con el INF, lo hizo con el JCPOA, y lo refrendó al salirse de Cielos Abiertos; cuando la brújula estratégica le marca otra ruta, no tiembla al romper cristalería. La ‘alianza de los valores’ dura hasta que los valores interrumpen la agenda nacional, y la reciente retórica sobre ‘que paguen o que se las arreglen’ en la OTAN es apenas la versión con megáfono de una lógica de décadas.

Zelenski, Macron y Trump en encuentro internacional frente a la Unión Europea.
Zelenski, Macron y Trump durante un encuentro en el marco de la Unión Europea.

Volodímir Zelensky creyó —en parte por necesidad, en parte por cálculo— en un apoyo irrestricto de Occidente. Ese respaldo existe, pero no es ciego ni infinito: oscila con los ciclos políticos y se fatiga con los presupuestos. Tras años de paquetes, resoluciones y cumbres, el mensaje implícito es que el oxígeno llega, sí, pero con válvula y manómetro.

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Estados Unidos ha desembolsado decenas de miles de millones en asistencia militar y financiera, entre interrupciones, renegociaciones y nuevas condiciones; Europa, por su parte, ha ido cerrando la brecha e incluso superándolo por momentos desde 2025.

La diplomacia dilatoria de Moscú

Que Rusia merece condena por sus crímenes de guerra no es materia de debate; lo que sí lo es, es su destreza para manipular el tablero. Moscú no improvisa: combina guerra de posiciones con diplomacia dilatoria, propaganda, chantaje energético y una memoria de Guerra Fría que le permite leer los miedos de sus vecinos mejor que muchos analistas. Quien crea que el problema ‘empezó en 2022’ no ha estado prestando atención desde 2014… o desde 1917. La maquinaria judicial internacional toma nota, pero el Kremlin también sabe jugar al calendario y a la fatiga del espectador global.

Soldado camina entre edificios destruidos en Ucrania tras la guerra.
Escena de destrucción en Ucrania durante la guerra.

La Unión Europea, por su parte, cumple el papel de mediador que reparte café, pero se resiste —por fin— a ser el mesero que espera órdenes en la Casa Blanca. Ha puesto dinero, aprobó un instrumento plurianual de 50 000 millones de euros para 2024–2027 con desembolsos periódicos y condicionalidades, y ha elevado el tono normativo: no basta con abrazos; exigen respeto a los protocolos de la guerra, a la distinción entre combatientes y civiles, y a las reglas mínimas de humanidad en el frente y lejos de él.

Esa exigencia jurídica no es cosmética. El derecho internacional humanitario es el único idioma común que queda cuando el resto se grita. Recordarlo una y otra vez incomoda a quienes confunden ‘realismo’ con licencia para la barbarie. Pero si la guerra es el fracaso de la política, el derecho es la negativa persistente para admitir que todo vale: principio de proporcionalidad, protección de civiles, trato a prisioneros, prohibición de ataques indiscriminados. Y Europa, con todas sus dudas, mantiene ese recordatorio en la mesa, junto a un expediente cada vez más voluminoso en La Haya.

Por su parte, el Reino Unido, libre del corsé comunitario, juega a ser el primo audaz que promete llegar primero, al incendio, aunque ya no viva en el edificio. Londres oscila entre reafirmar su alianza histórica con Washington y recuperar margen propio en el continente. El resultado es una postura que se escribe a lápiz cada semana: firme con Ucrania, exigente con Europa, atento a la brújula de la Casa Blanca… y con la mirada puesta en su propio patio.

Vayamos al elefante en la sala: el ‘acercamiento’ Trump–Putin-Ucrania. Cumbres, llamadas, ultimátums con fecha de vencimiento y promesas de ‘garantías tipo OTAN’ han chocado con la física real de un Kremlin que gana tiempo, lanza amenazas y prefiere convertir cualquier congelamiento en ventaja operativa. Entre gestos de show y amenazas estratégicas, Moscú ha descubierto que puede esperar: cada mes de ambigüedad erosiona la cohesión occidental un centímetro más.

Mientras eso ocurre, la OTAN se remuscula. No por iluminación mística, sino por aritmética de riesgo. El salto a un compromiso de gasto de defensa bastante más ambicioso, con hojas de ruta nacionales y presión pública, convierte a Europa en accionista mayoritario de su propia seguridad. Traducción: menos excusas, más industria, más munición, más defensas aéreas, cadenas de suministro menos vulnerables y menos dependencia de la paciencia de Washington.

En este paisaje, la máxima que vale es vieja pero vigente: nadie regala poder; se negocia, se arrebata o se alquila. Washington lo sabe y actúa en consecuencia; Bruselas lo aprende a la fuerza; Londres lo recuerda con nostalgia imperial; Kiev lo sufre; y Moscú lo explota. No hay épica sin factura ni paz sin letra pequeña. Y el humor negro de la coyuntura es que todos juran querer ‘la paz’, siempre y cuando sea la suya. El resto es coreografía para cámaras y memorias para autoflagelarse después.

Trump Putin Ucrania: Débiles compromisos

Tres escenarios, para no decir que no advertimos: Primero, Trump y Putin pactan una paz a la fuerza: alto el fuego, líneas congeladas, garantías vagas y una montaña de resentimientos humeantes. El ‘acuerdo histórico’ duraría lo que tarda el primer dron en recordar que la injusticia es combustible. Se festeja hoy; se lamenta mañana. La región quedaría sembrada de minas —literal y metafóricamente— listas para estallar en la próxima crisis.

Trump y Zelensky se dan la mano en la Casa Blanca.
Encuentro entre Trump y Zelensky en la Casa Blanca.

Segundo, el Reino Unido y la Unión Europea se tragan el orgullo del Brexit y lideran una coalición que apoya una resolución justa: seguridad verificable para Ucrania, sanciones sostenidas al agresor, reconstrucción financiada y un paquete de garantías creíble. Es el escenario más difícil porque exige algo que Europa solo hace bajo presión: coordinarse en serio y asumir costos propios de poder. Implica también reformar la industria de defensa, blindar el espacio político a la desinformación y aceptar que sin riesgo no hay liderazgo.

Tercero, el remedio sale peor que la enfermedad: la ‘paz imposible’ se convierte en guerra escalada. Rusia y Ucrania quedan atrapadas en una espiral de ataques más profundos, el derecho internacional humanitario se usa como eslogan y no como freno, y el resultado es un cementerio de reglas con consecuencias desastrosas para ambos países y para la región.

Trump Putin Ucrania: Moraleja

El orden mundial promete paz, pero administra intereses; predica valores, pero factura poder; invoca instituciones, pero funciona a golpe de percepción pública. La pregunta no es si Trump ‘se acerca’ o si Bruselas ‘mediará’: la pregunta es quién escribirá la letra pequeña del armisticio y cuánto durará antes de que la historia, con su paciencia soviética y su ansiedad anglosajona.

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