El éxodo venezolano: cuando migrar es la única forma de vivir

Éxodo venezolano con familias cruzando el Puente Simón Bolívar hacia Colombia. Éxodo venezolano con familias cruzando el Puente Simón Bolívar hacia Colombia.
Venezolanos cruzan el Puente Internacional Simón Bolívar hacia la ciudad fronteriza de Cúcuta, en Colombia. (Imagen de ACNUR/UNHCR/Fabio Cuttica

El éxodo venezolano es la expresión de una urgencia humana sin precedentes. América Latina ha sido testigo de uno de los mayores desplazamientos humanos de su historia reciente: el éxodo venezolano. Millones de personas han salido de su país no por ambición ni aventura, sino por una razón mucho más básica y brutal: sobrevivir.

El éxodo venezolano en cifras y destinos

6.9 millones de venezolanos han abandonado el país, según la Plataforma Regional de Coordinación Integral para Migrantes de Venezuela.

Según datos de organismos internacionales, casi siete millones de venezolanos viven hoy fuera de su país. Es una cifra que abruma, pero que no dice casi nada si no la llenamos de rostros, de historias, de cuerpos cansados caminando por carreteras, de niños durmiendo en brazos ajenos, de profesionales que dejaron títulos colgados en la pared para empezar de cero.

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El Perú se convirtió, junto con Colombia, en uno de los principales destinos de esta migración. Hoy se calcula que más de un millón y medio de venezolanos viven en territorio peruano. Lima, en particular, ha cambiado su fisonomía humana: nuevos acentos en los mercados, nuevas arepas junto al pan francés, nuevas historias cruzándose en los buses y en los hospitales.

Historias que explican el éxodo venezolano

Recuerdo haber leído la historia de una madre soltera venezolana que cruzó la frontera con el Perú con menos de dos semanas antes de dar a luz. No lo hizo por cálculo, ni por estrategia migratoria. Lo hizo porque en su ciudad ya no había médicos, ni insumos básicos, ni garantías mínimas para un parto seguro. Caminó, viajó como pudo, con miedo y con fe, apostando todo a que su hijo pudiera nacer en un lugar donde al menos hubiera un hospital abierto.

Esa historia, como tantas otras, nos obliga a detenernos. Porque cuando una mujer embarazada cruza fronteras en esas condiciones, la migración deja de ser un debate político y se convierte en una urgencia humana.

Migración de talento profesional

El éxodo venezolano no ha sido solo de mano de obra. Ha sido también un éxodo de profesionales: médicos, ingenieros, profesores, técnicos, artistas. Personas altamente formadas que en muchos casos han tenido que aceptar trabajos precarios, informalidad o subempleo, no por falta de capacidad, sino por barreras administrativas, xenofobia o simple necesidad.

En el Perú, como en otros países de la región, esta migración ha generado tensiones, sí, pero también ha demostrado algo fundamental: la resiliencia latinoamericana. Muchos venezolanos han emprendido, han creado redes, han aportado a la economía y a la vida cultural del país. Han enriquecido el tejido social, incluso cuando no siempre han sido recibidos con los brazos abiertos.

El éxodo venezolano también llega a Europa

Este fenómeno no se limita al continente. También se siente aquí, en Londres. Se estima que entre 25.000 y 30.000 venezolanos viven actualmente en el Reino Unido. Algunos llegaron directamente; otros pasaron antes por Colombia, Perú, Chile o España. Muchos han vivido una migración dentro de otra migración, acumulando duelos, idiomas y adaptaciones.

He conocido venezolanos en Londres que fueron médicos en Caracas, profesores en Maracaibo, empresarios en Valencia. Aquí trabajan en hospitales, universidades, restaurantes o como autónomos. Algunos han logrado revalidar sus títulos; otros siguen luchando. Pero todos comparten una misma sensación: la de haber sido empujados fuera de su país, no por falta de amor, sino por exceso de abandono.

La otra mirada de la migración

Como latinoamericanos, a veces caemos en lecturas simplistas: cifras, porcentajes, discursos de seguridad. Olvidamos que la migración es, ante todo, una experiencia íntima. Que cada persona que cruza una frontera deja algo atrás: una casa, una madre, un idioma cotidiano, una vida entera que ya no existe.

El éxodo venezolano nos enfrenta también a una pregunta incómoda: ¿qué haríamos nosotros si el sistema de salud colapsara por completo? ¿Si no hubiera escuelas, ni medicamentos, ni futuro inmediato para nuestros hijos? ¿Hasta dónde caminaríamos por una oportunidad de vida digna?

Migrar no es una decisión ligera. Es una herida que se lleva por dentro. Pero también es una afirmación radical de esperanza.

Hoy, los venezolanos forman parte del presente y del futuro del Perú, de América Latina y de ciudades como Londres. No son una estadística pasajera: son vecinos, colegas, amigos. Son una memoria viva de lo que ocurre cuando un país deja de cuidar a su gente.

Y quizás, al mirar este éxodo con honestidad, podamos aprender algo esencial: ninguna frontera detiene la necesidad de vivir, y ningún país está a salvo de convertirse, algún día, en punto de partida.

Porque al final, la migración venezolana no solo ha cambiado mapas y ciudades. Nos ha recordado algo profundamente humano: que cuando todo se derrumba, el cuerpo camina. Y cuando el cuerpo camina, la esperanza se mueve con él.

Autor: Gustavo Portugal

Redacción: Express News UK

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