La diplomacia trasatlántica ha vuelto a saltar por los aires. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, advirtió este miércoles que impondrá durísimos aranceles a la Unión Europea o incluso suspenderá las relaciones comerciales con el bloque comunitario si Canadá se convierte en miembro especial de la UE.
Desde una rueda de prensa en Carolina del Norte, la retórica del mandatario subió de tono hasta catalogar la hipotética alianza entre el Viejo Continente y su vecino del norte como una afrenta directa.
“Me parece ridículo. Canadá ha sido un pésimo socio comercial”, fustigó Trump ante los periodistas. Un ataque frontal que deja en evidencia la profunda marejada geopolítica que sacude el comercio global.
La tormenta se desató apenas unas horas después de que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, abriera públicamente la puerta para que Canadá se sume al club comunitario bajo una inédita figura de “miembro asociado”. El planteamiento busca estrechar la cooperación estratégica en áreas críticas como la tecnología, la defensa y la energía.
La réplica de Washington fue fulminante. Trump avisó que frenará las aspiraciones europeas aplicando castigos fiscales inmediatos a las importaciones procedentes de los Veintisiete si se consolida lo que considera un “acto hostil” contra los intereses económicos de su país.
Ottawa, por su parte, intenta matizar el alcance del proyecto. El primer ministro canadiense, Mark Carney, aclaró recientemente que su Administración no persigue una adhesión plena ni la integración formal en la UE, sino forjar una “alianza única” cimentada en prioridades e intereses compartidos.
El encaje legal tampoco resulta sencillo. El estatus de “miembro asociado” no figura en los tratados fundacionales comunitarios, por lo que su creación exigiría reescribir los marcos normativos de Bruselas y contar con el respaldo unánime de los 27 Estados miembros.
A pesar de los obstáculos jurídicos, las tensiones comerciales con la Casa Blanca han acelerado los contactos en ambos lados del Atlántico. La ciudadanía canadiense apoya mayoritariamente el giro: el 81% de la población respalda una mayor integración con el bloque comunitario sin convertirse en miembro de pleno derecho, según encuestas recientes de Abacus Data.
Con las represalias económicas sobre la mesa, la pelota queda ahora en el tejado de Bruselas. La determinación de los Veintisiete medirá si el bloque europeo mantiene su pulso soberano para estrechar lazos con Ottawa o si las trabas de Washington terminan por paralizar el histórico acercamiento.
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