Un masivo ciberataque simultáneo sembró el terror en Europa del Este al hackear los sistemas de alerta de emergencia de Ucrania y Rusia, enviando notificaciones falsas sobre inminentes ataques nucleares, químicos y biológicos.
Poco antes de las 23:00 hora local (21:00 GMT), millones de teléfonos en territorio ucraniano recibieron mensajes escritos en ruso, violando el protocolo oficial, que avisaban del lanzamiento inminente de un misil balístico Oreshnik con carga atómica y la posterior propagación de radiación.
La ofensiva digital desató diez minutos de máxima tensión antes de que la fuerza aérea ucraniana lograra desmentir la amenaza y confirmar que el sistema oficial de alertas aéreas había sido comprometido por el enemigo.
Las notificaciones falsas no se limitaron al aviso del misil hipersónico; en ciudades como Kiev, los teléfonos enviaron avisos sobre presuntos enfrentamientos callejeros armados, recomendando a la población cubrirse el rostro con pañuelos mientras la aplicación notificaba textualmente: “¡No se preocupen, un Oreshnik está sobrevolando la zona! Se ha activado una alerta nuclear en toda Ucrania”.
El sabotaje tecnológico cruzó las fronteras del frente en una aparente acción de represalia o caos cruzado. Al mismo tiempo, la aplicación rusa de emergencias fue víctima de una intromisión informática que notificó a los ciudadanos el lanzamiento de un dron atrincherado con ojiva nuclear dirigido “contra todas las regiones de Rusia”.
La señalización en suelo ruso instaba a la población a acopiar víveres para tres semanas y buscar refugio inmediato ante el riesgo de que «el virus se reactivara”, según reportó la BBC.
El cruce de ataques cibernéticos coincidió con una escalada de bombardeos reales centrados en las infraestructuras energéticas de ambos países. Las fuerzas armadas ucranianas golpearon la refinería de petróleo de Kstovo, en la región de Moscú, mientras la aviación rusa lanzó una oleada contra cuatro instalaciones de producción de energía en suelo ucraniano.
La sombra del proyectil Oreshnik, un misil con capacidad nuclear que desde diciembre del año pasado permanece desplegado en la vecina Bielorrusia y capaz de alcanzar Gran Bretaña en tan solo 11 minutos, convirtió una falsa alarma en una amenaza trágicamente verosímil.
“La aplicación de alertas de calidad del aire parece haber sido objeto de influencia enemiga. ¡No hay amenaza de radiación! ¡Manténganse tranquilos y sigan nuestras actualizaciones en nuestro canal!”, publicó la fuerza aérea de Ucrania en Telegram para frenar el pánico desatado en las calles.
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