El británico Karl Bushby acaba su caminata global tras 28 años y 50.000 kilómetros

Karl Bushby caminando por una calle flanqueado por una multitud de seguidores mientras empuja sus carros con equipaje. Karl Bushby caminando por una calle flanqueado por una multitud de seguidores mientras empuja sus carros con equipaje.
Vecinos y curiosos acompañan a Karl Bushby en los últimos kilómetros de su travesía a pie por el Reino Unido.

El exparacaidista británico Karl Bushby está a punto de culminar la expedición a pie más extenuante de la era moderna tras recorrer 50.000 kilómetros a lo largo de cuatro continentes y 30 países durante casi tres décadas.

Sin haber utilizado un solo medio de transporte motorizado desde que partió del extremo austral de Chile en 1998, el caminante atraviesa estos días los campos de Yorkshire camino del hogar familiar, donde le espera el anhelado reencuentro con su madre a quien no ve desde hace diez años.

La idea germinó a mediados de los noventa durante una charla con su padre, Keith, un antiguo militar que evocó un viejo debate de las fuerzas especiales sobre la posibilidad teórica de ir a pie desde Londres hasta Nueva York cruzando el estrecho de Bering.

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Bushby decidió ir más allá. Trazó un itinerario continuo desde la Patagonia chilena, imponiéndose la norma inquebrantable de no subirse a vehículo alguno y avanzar únicamente sobre sus piernas.

Arrancó con 500 dólares en el bolsillo y una determinación feraz que pronto chocó con la geografía más inhóspita del planeta: los vientos huracanados patagónicos, el infranqueable Tapón del Darién en 2001 y una detención de 18 días en la frontera panameña.

Mares helados, arrestos rusos y el invento del ‘floatimming’

Uno de los tramos más dramáticos ocurrió en 2006, cuando cruzó a pie el helado estrecho de Bering junto al estadounidense Dimitry Kieffer. Durante los 90 kilómetros de travesía sobre el hielo fracturado, cayeron a las gélidas aguas y estuvieron a punto de perder el equipo antes de ser rescatados de emergencia por un helicóptero.

Al pisar tierra firme, las autoridades rusas los arrestaron por entrada ilegal, iniciando una pesadilla burocrática que retrasó el viaje casi una década. En 2012, tras denegarle Moscú el visado, Bushby protestó caminando desde Los Ángeles hasta la embajada rusa en Washington para exigir su permiso, regresando siempre al punto exacto del mapa donde había interrumpido la marcha.

Los imponderables geopolíticos y la pandemia de coronavirus terminaron por rediseñar la ruta. Al bloquearse su paso por Irán y Rusia, Bushby no lo pensó dos veces y cruzó a nado el mar Caspio durante 31 días.

Pese a no ser un buen nadador, se equipó con un chaleco salvavidas y un traje de neopreno para avanzar hacia atrás a manotazos y patadas, una técnica propia que denominó ‘floatimming’. Ya en suelo europeo, la norma Schengen de 90 días de estancia máxima para visitantes extranjeros lo obligó a fragmentar la caminata en tramos estrictos de tres meses.

El coste personal de una vida sobre el asfalto

Semejante desafío exigió una factura personal devastadora. Su matrimonio finalizó en divorcio y su hijo, que hoy supera los 30 años, creció con la figura de un padre distante que solo pudo acompañarlo en hitos muy puntuales, como su llegada a las playas de Dover tras cruzar a pie el canal de la Mancha.

Relaciones sentimentales de larga duración con una mujer colombiana y otra japonesa se desmoronaron al no resistir la deriva itinerante del aventurero.

En el apartado financiero, patrocinadores de renombre abandonaron el barco tras la crisis económica de 2008. No obstante, en los últimos 16 años ha contado con el respaldo de una productora fundada por Beau Willimon, creador de House of Cards, y el productor Jordan Tappis, quienes impulsan un documental sobre su vida dirigido por Werner Herzog.

Con todo, el británico asegura que la verdadera gasolina de su hazaña ha sido la generosidad anónima: desde familias peruanas humilladas que lo cuidaron de infecciones estomacales hasta personas sin recursos que le ofrecieron un plato de arroz.

Los últimos pasos hacia el reencuentro

A sus 57 años, el aspecto de Bushby dista del joven con estampa a lo Kurt Cobain que partió en los noventa y que alimentó disparatadas teorías en internet sobre la falsa muerte del líder de Nirvana.

Hoy luce barba canosa, el rostro curtido por la intemperie y la mirada cansada de quien ha completado una proeza descomunal. A su paso por Market Rasen, los camioneros hacen sonar las bocinas y los vecinos se acercan a fotografiarse con una leyenda viviente que admite no sentir devoción por el mero hecho de andar.

“Me han acogido los más pobres entre los pobres; he conocido al 99,9999% de lo mejor de la humanidad”, confesó el exmilitar en sus últimos tramos antes de cruzar el umbral de la casa materna.

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