Brasil, el gigante solitario de una marea azul que no frena

Luiz Inácio Lula da Silva ondeando la bandera de Brasil en un escenario durante las celebraciones de su victoria electoral. Luiz Inácio Lula da Silva ondeando la bandera de Brasil en un escenario durante las celebraciones de su victoria electoral.
Luiz Inácio Lula da Silva celebra con la bandera nacional la consecución de su cuarto mandato al frente del Gobierno de Brasil.

El mapa de Suramérica vuelve a teñirse de un azul que ya no es excepción, sino hegemonía. En ese escenario, el triunfo en la segunda vuelta de Luiz Inácio Lula da Silva con el 51,7% de los votos frente al 48,2% de Flávio Bolsonaro no es solo una victoria personal o del Partido de los Trabajadores. Es una anomalía histórica. Brasil, la mayor economía y el país más poblado de la región, ha decidido no girar en la misma dirección que sus vecinos.

El escenario suramericano es irreconocible si se compara con los primeros años del siglo. La victoria del progresista Yamandú Orsi en Uruguay y la reelección del veterano líder en Brasilia se levantan como las dos únicas banderas de izquierda en el extremo sur. A su alrededor, la correlación de fuerzas cambió de raíz. Argentina, Chile y Colombia se han alineado con una derecha consolidada y respaldada por la sintonía directa con la administración de Donald Trump en Washington.

Lula no solo enfrentó a la maquinaria de la oposición en las urnas; desafió una inercia regional que parecía inevitable. Tras imponerse en la primera ronda, el senador Flávio Bolsonaro buscó capitalizar la corriente conservadora que recorre el continente.

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Sin embargo, la movilización popular inclinó la balanza por un margen estrecho pero suficiente. El resultado consagra al antiguo dirigente sindical para un cuarto mandato y deja al Gigante del Sur al margen de la marea liberal conservadora que avanza desde el Cono Sur hasta los Andes.

Las reacciones en el exterior no tardaron en certificar ese carácter excepcional. Desde México, la presidenta Claudia Sheinbaum celebró la victoria señalando que “ganó el pueblo de Brasil”. Miguel Díaz-Canel habló de “victoria histórica”, mientras la expresidenta argentina Cristina Kirchner, en arresto domiciliario, envió su felicitación a su “compañero presidente”.

En Montevideo, Yamandú Orsi calificó la jornada de “fiesta democrática”. Pero estas manifestaciones de apoyo entre correligionarios chocan con una realidad geopolítica ineludible: en Suramérica, la foto de familia de la izquierda ha quedado reducida a dos rostros.

Curiosamente, las felicidades más pragmáticas llegaron desde el bloque dominante. En Perú, Keiko Fujimori reafirmó la voluntad de fortalecer la “alianza estratégica” bilateral. Desde Santiago de Chile, el mandatario ultraderechista José Antonio Kast tendió puentes centrados en el combate al crimen organizado y la integración económica. Y el presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, también reconoció el triunfo de Lula da Silva.

El ecuatoriano Daniel Noboa defendió trabajar juntos ante “enemigos comunes”. Y en Venezuela, la cancillería de un gobierno donde Delcy Rodríguez administra el poder bajo la mirada atenta de Washington saludó la “participación cívica” del pueblo brasileño.

La reelección del brasileño resuena con fuerza en los foros internacionales donde Brasil ejerce un liderazgo de contrapeso. China, Rusia e India, sus socios en el bloque de los BRICS, reaccionaron de inmediato destacando el papel central de Brasilia en las prioridades del Sur Global. En Europa, mandatarios como el alemán Friedrich Merz o el canadiense Mark Carney abogaron por profundizar los lazos estratégicos y comerciales.

El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, llegó a proclamar en la red social X que “la remontada del progresismo global acaba de comenzar” de cara a sus comicios de noviembre.

Brasil se adentra en un nuevo cuatrienio como una isla política en una Suramérica dominada por gobiernos conservadores. Con las fuerzas parlamentarias divididas y un entorno regional hostil, la duda inmediata es si el gigante de 215 millones de habitantes podrá sostener su modelo o si quedará asilado por la marea política que lo rodea.

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