Francia y España respaldan debate del Brexit y naciones británicas presionan por la autodeterminación

Andy Burnham en el atril con la bandera de la Unión Europea al fondo. Andy Burnham en el atril con la bandera de la Unión Europea al fondo.
El político laborista Andy Burnham reabrió el debate sobre el reingreso del Reino Unido a la Unión Europea tras años de estancamiento económico.

El jefe del Ejecutivo español, Pedro Sánchez, y el presidente francés, Emmanuel Macron, celebraron la disposición del dirigente laborista Andy Burnham de reevaluar los vínculos con Bruselas tras admitir el estancamiento económico del Reino Unido. La apertura coincide con una alianza sin precedentes entre los gobiernos de Escocia, Gales e Irlanda del Norte, que exigen a Londres el derecho a decidir su futuro.

España y Francia abren los brazos al Reino Unido. Durante la primera visita de Estado de Emmanuel Macron a Madrid, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, defendió públicamente la posibilidad de que el país británico regrese a la Unión Europea.

Sánchez tildó la salida británica como una “enorme pérdida” para los ciudadanos y para el proyecto comunitario, asegurando que España acogería de nuevo a lo que calificó como “un pueblo hermano” debido a los profundos lazos económicos, políticos y sociales que comparten ambas naciones.

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El movimiento encuentra eco en París. En la misma comparecencia, el presidente francés respaldó la iniciativa del dirigente laborista Andy Burnham, considerando que un eventual retorno beneficiaría a toda Europa.

Macron encomió la valentía de buscar alianzas más estrechas en materia de defensa, seguridad, inmigración y comercio. Sin embargo, impuso una condición tajante: la adhesión no admitirá elecciones a la carta. “No se puede elegir lo que se quiere de Europa”, advirtió el mandatario galo, recordando que cualquier integración exige asumir íntegramente las reglas y libertades del mercado único.

El tablero político británico se ha sacudido desde el último congreso laborista en Liverpool. Allí, el primer ministro reconoció abiertamente que el divorcio de Bruselas lastró el crecimiento económico y sumió al país en una década de incertidumbre.

En declaraciones concedidas a la cadena BBC, Burnham sostuvo que el Reino Unido no puede seguir pagando la factura del aislamiento. Estudiar la opción de reingresar al bloque es, a sus ojos, una alternativa real que debe abordarse sin tabús.

El catálogo de opciones está sobre la mesa de negociación. Las alternativas van desde ajustar el marco actual o crear una unión aduanera hasta recuperar el acceso al mercado único o solicitar la membresía plena.

Este planteamiento desdibuja las líneas rojas trazadas por el Partido Laborista en su campaña de 2024, que descartaba volver al mercado comunitario o reinstaurar la libre circulación. El calendario apunta a finales de 2026, cuando una cumbre entre Londres y Bruselas abordará temas cruciales como la energía, el comercio alimentario y la movilidad juvenil.

Los sectores euroescépticos ya han puesto el grito en el cielo. Acusan al Gobierno de reabrir heridas constitucionales aún no cicatrizadas. Sin embargo, la presión más peligrosa para el liderazgo de Burnham no viene únicamente de los partidarios del distanciamiento con la Unión Europea, sino de las propias costuras internas del mapa británico.

El debate europeo se ha solapado con un movimiento sísmico en las naciones constitutivas. Los líderes de Escocia, Gales e Irlanda del Norte, John Swinney, Rhun ap Iorwerth y Michelle O’Neil, firmaron en Cardiff un memorando de entendimiento sin precedentes para exigir el derecho a la autodeterminación.

La iniciativa, respaldada por el SNP, Plaid Cymru y Sinn Féin, reclama que Westminster deje de vetar las aspiraciones de cambio constitucional en los territorios periféricos.

En Escocia, John Swinney mantiene intacta la meta de convocar un nuevo referéndum de independencia, tras la consulta de 2014 donde el 55,3 % optó por permanecer en el Reino Unido. Para Swinney, romper con Londres sigue siendo el camino más directo para reintegrarse en el proyecto europeo.

Por su parte, el líder galés Rhun ap Iorwerth busca ampliar el autogobierno y tejer alianzas estratégicas con Edimburgo y Belfast sin fijar aún un calendario de desconexión.

El frente norirlandés aporta una complejidad añadida. La primera ministra Michelle O’Neill presiona por la reunificación de la isla, amparada en los mecanismos del Acuerdo de Viernes Santo de 1998.

El Brexit reactivó los recelos sobre la frontera terrestre y el encaje constitucional de la región. En el acuerdo de Cardiff estuvo presente también Mary Lou McDonald, presidenta de Sinn Féin y líder de la oposición en la República de Irlanda, escenificando una dimensión transfronteriza que incomoda a las filas unionistas.

Londres se encuentra así atrapado entre dos fuegos estratégicos. Mientras los socios continentales exigen compromisos claros para cualquier acercamiento a la Unión Europea, las administraciones de Escocia, Gales e Irlanda del Norte endurecen el tono al considerar que la estructura actual de poder está agotada.

“¿Cómo pretende el Gobierno británico reconstruir su posición internacional mientras su propia cohesión territorial se desmorona desde dentro?”, se preguntan hoy los analistas en Westminster.

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