La semana comenzó con un terremoto financiero en el corazón de la tecnología global. Las acciones de las principales compañías de semiconductores e infraestructura de inteligencia artificial sufrieron severas caídas este lunes 14 de septiembre en las operaciones previas a la apertura de Wall Street. Los futuros de gigantes como Nvidia, Marvell, CoreWeave, Intel y AMD lideraron las pérdidas tras desatarse una ola de pánico entre los inversores.
El detonante no vino de un mal resultado trimestral ni de un fallo técnico. Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, publicó durante el fin de semana un ensayo de 3.800 palabras que dinamitó la confianza del mercado. El manifiesto del ejecutivo encendió las alarmas al pedir abiertamente una desaceleración en la carrera por construir modelos avanzados de computación.
“En los últimos meses me convencí de que abordar plenamente los riesgos exige aún más prudencia: no solo invertir en prevención de riesgos, sino ajustar el ritmo del avance de las capacidades para que la prevención pueda mantenerse a la par”, escribió Amodei en su texto.
“Debemos desacelerar el ritmo al que mejoramos las capacidades de los modelos de IA. El progreso seguirá pareciendo rápido, y debemos hacer un uso sabio del tiempo que ganemos”: Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic.
La advertencia de Amodei no fue un hecho aislado. En apenas 48 horas, referentes del sector como Sam Altman, consejero delegado de OpenAI, y Elon Musk, al frente de xAI, respaldaron públicamente la necesidad de aplicar un “ritmo más lento” en el despliegue de esta tecnología. Ver a los propios arquitectos del cambio advertir sobre los peligros del avance acelerado desató la desconfianza inmediata de las firmas de inversión.
La sacudida en las bolsas chocó de lleno contra el escenario geopolítico. El debate sobre regular o poner frenos al sector tropezó con la dura disputa entre Washington y Pekín por la hegemonía tecnológica mundial.
El presidente estadounidense, Donald Trump, arremetió de inmediato contra las voces de alarma, clasificando de “fuerzas negativas” a quienes promueven mayores controles normativos y defendiendo la primacía del desarrollo norteamericano sin ataduras.
Desde la otra acera, el gobierno chino reaccionó acusando a la administración estadounidense de encubrir una agenda geopolítica para frenar el crecimiento de sus empresas bajo el pretexto de la seguridad. Pekín defendió el concepto de una inteligencia artificial “abierta” mientras el choque dialéctico entre ambas potencias elevaba la tensión.
El mercado observa ahora con nerviosismo cómo las diferencias entre los creadores del software, los mercados y los gobiernos amenazan con reconfigurar el negocio global de los semiconductores.
La gran incógnita es si la presión política y la vorágine bursátil lograrán aplacar las advertencias de los propios científicos o si, por el contrario, la carrera económica terminará por arrollar cualquier intento de tregua.
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