Sir Keir Starmer ha puesto fin a sus dos turbulentos años al frente del Gobierno británico. Tras entregar las llaves del número 10 de Downing Street a Andy Burnham, Starmer se dirigió directamente a un pub en Kentish Town para tomarse una pinta de cerveza amarga junto a algunos de sus colaboradores más leales, entre los que se encontraba la exministra de Hacienda, Rachel Reeves. En las imágenes, tomadas de The Sun, se puede ver al exmandatario con su bebida en un ambiente distendido de despedida privada.
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Un adiós marcado por la dignidad y el balance de gestión
Horas antes, Starmer pronunció un breve discurso de despedida frente a Downing Street y acudió al Palacio de Buckingham para presentar formalmente su dimisión al rey Carlos. El exlíder laborista calificó su etapa como el privilegio de su vida e insistió en que dejaba el cargo “con elegancia y con una sonrisa”.
Durante su intervención, reflexionó sobre el camino que llevó al Partido Laborista desde su derrota en 2019 hasta la victoria arrolladora de 2024, afirmando que su trabajo estaba hecho.
Asimismo, defendió que Gran Bretaña es ahora “más fuerte y más justa”, destacando como logros una economía más sólida, la reducción en las listas de espera del Servicio Nacional de Salud (NHS), una menor inmigración y el aumento del gasto en defensa. No obstante, lanzó una advertencia sobre las amenazas exteriores y el deseo de los enemigos del país de generar divisiones.
Transición y relevo en Downing Street
Tras desearle el mayor de los éxitos a su sucesor y agradecer el apoyo de su familia, personal y activistas, Starmer recordó que la política es un “deporte de equipo”. En menos de una hora, Andy Burnham fue invitado a formar gobierno, regresando al número 10 como el nuevo primer ministro británico.
El mandato de Starmer, que comenzó con una aplastante mayoría en 2024 para restaurar la estabilidad tras años de gobierno conservador, se vio mermado en sus últimos meses.
Decisiones como el nombramiento de Peter Mandelson como embajador en EE. UU., dimisiones en el gabinete, disputas internas y las duras derrotas laboristas en las elecciones locales incrementaron la presión de los diputados, allanando el camino para que Burnham asumiera el liderazgo del partido.







