Nacido en Nueva York, criado entre Chile y Estados Unidos, y hoy alcalde en un distrito de Londres. Marcelo Hart-Camus no rompió el protocolo inglés: lo abrazó con un poncho. Y con esa imagen, abrió una conversación urgente sobre visibilidad, migración y el derecho a pertenecer.
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La ceremonia y el poncho
La foto llegó sola. No la planeó. O sí, pero no todo. Marcelo Hart-Camus sabía que quería usar su poncho el día de la posesión como alcalde de Waltham Forest. Lo que no sabía era el terremoto silencioso que esa imagen causaría. Un chileno con poncho, cadena de oro al cuello y sin la chaqueta roja que el protocolo inglés no exige pero que todos usan. Ahí estaba él. Con el mismo poncho con el que se casó con su marido escocés.
“No rompí ninguna norma”, dice. Y su voz tiene esa calma de quien aprendió que las batallas más importantes no se gritan, se habitan.
El poncho no fue un gesto de rebeldía. Fue un gesto de presencia. Él mismo lo explica: fue una manera de traer la identidad latinoamericana a la visibilidad pública, algo que, en general, esa comunidad no tiene. Y esa frase, “no tenemos visibilidad”, es la que recorre toda la entrevista como un río subterráneo.
Un mapa del mundo en tres países
Marcelo nació en Nueva York. De padres chilenos. Ambos emigrantes. Su mamá, de un pueblito llamado San Felipe, criada en el campo. Su papá, de Valparaíso. Se conocieron en Estados Unidos, se casaron, tuvieron hijos. Y Marcelo creció entre dos mundos: el de Washington Heights, barrio dominicano en Nueva York, y el de Santiago, la ciudad gris de la dictadura.
Él recuerda que hay dos Chiles. El de su niñez, gris. El de ahora, que es otro mundo.
Volvió a Chile a los nueve años. Vivió allí hasta los quince. Justo a tiempo para ver el final de Pinochet, el plebiscito, la transición. Una cosa que lo marcó. No lo dice con énfasis. Lo dice con una pausa larga, de esas que pesan. “Eso no es una cosa abstracta”, sentencia.
Las torres, la guerra y la desconexión
A los quince años, de regreso a Nueva York. Termina el high school. Va a la universidad. Y entonces llega el 11 de septiembre de 2001.
Marcelo vive en Loisaida, en el downtown. Ve caer las torres desde la ventana de su casa. Sus vecinos son puertorriqueños. El barrio donde se crió, dominicano. Y después de ese impacto, viene la guerra de Irak. La protesta. La creatividad como herramienta de resistencia. Pero también viene una sensación incómoda: la desconexión.
Si la gente le pregunta en Londres de dónde es, no dice que nació en Nueva York. Porque le dicen “you’re American”, y eso a él no le gusta. Prefiere decir: “My parents are from Chile”. Allí encontró su respuesta. No era americano. No era solo chileno. Era la suma de varias orillas. Y ninguna le quedaba pequeña.
21 años en Londres, una fiesta y una frase que lo cambió todo
Llegó a Londres en 2005. A estudiar una maestría en escenografía en Central Saint Martins. Pero en el fondo, lo que siempre hizo fue desarrollo comunitario. Ayudó a fundar un jardín comunitario en Nueva York. Pararon una construcción. Ganaron. Ese fue su aprendizaje: la creatividad al servicio de todos. Él lo dice claro: para él no hay asunto de tener un talento si ese talento no se usa para el desarrollo de todos. Así lo criaron.
En Londres, conoció a su pareja escocesa en una fiesta. Hace más de diez años. Y ese hombre, con papá inglés, mamá escocesa y abuela galesa, le soltó una frase que a Marcelo se le clavó en el pecho: “Tú tienes derecho a este país tanto como yo. Es tuyo como es mío”.
Ningún británico le había dicho algo así. Y esa frase, dicha de corazón, le devolvió algo que los migrantes perdemos en el camino: la certeza de que podemos dejar de pedir permiso para existir.
El despertador se llamó Brexit
Marcelo no siempre fue político. Tenía opiniones. Iba a votar. Iba a protestas. Pero no se metía. Hasta que llegó el Brexit.
Él lo encontró como un muro, una elección de un pueblo que decidió cerrarse. Y después vino el crecimiento bestial del movimiento antiinmigrante. Algo que siempre estuvo ahí, pero marginal. De repente, era la mayoría. 200 mil personas en la calle con banderas pidiendo sacar a los inmigrantes.
Fue entonces cuando comprendió que una opinión, por muy firme que fuera, no bastaba. Había que dar un paso, mojarse. Así que se metió al Partido Verde. No porque lo creyera infalible, sino porque representaba algo distinto.
Los dos grandes, Labour y Conservative, le recordaban aquella imagen que Gabo retrató con maestría en Cien años de soledad: por más que unas casas se pinten de rojo y otras de azul, con el tiempo todas terminan siendo del mismo color morado.”Tú no sabes la diferencia entre esos dos partidos”, dice, y no se ríe.
La campaña con el hijo de tres años y medio
Marcelo fue elegido concejal. Después, sus propios compañeros lo eligieron alcalde. Por un año. No lo esperaba, pero ahí está. Durante la campaña, su hijo de tres años y medio tocaba puertas con él. Y Marcelo, con ese humor y cariño con que lo cuenta en la entrevista, nos dice que tuvo que explicarle que no era Halloween y que no le iban a dar dulces.
Las reuniones del partido, antes de ser concejal, siempre incluían a los niños. Había una mesa con dibujos. Voluntarios cuidándolos. Eso no era un gesto menor. Él cree que la política no debe hacerse a puertas cerradas, excluyendo a los niños.
Esa es la política que él quiere: la que integra, la que no separa la vida familiar de la vida comunitaria.
La memoria que duele y que empuja
En una de las últimas elecciones, Marcelo fue a Manchester a apoyar a una candidata del Partido Verde. Allí conoció a una mujer chilena. Se había escapado de la dictadura. Hacía 50 años vivía en Reino Unido.
“Era como mi tía”, recuerda. Reconoció su historia. Y sintió que lleva esa historia dentro de sí. Esa historia, la del Chile gris, la de los perseguidos, la de los que tuvieron que huir, no es abstracta para él. La vio con ojos de niño. Y ahora, como alcalde, su prioridad es clara: proteger a la comunidad inmigrante del “entorno hostil” (hostile environment) que ya está instalado en las calles de Londres. Él lo dice sin rodeos: la migra llega al high street, se mete en los negocios y saca a la gente. Eso lo vio de niño en la dictadura. Va a hacer todo lo posible para que eso no pase.
La política no tiene que ser tan seca
Marcelo cree que los latinoamericanos tienen algo único para ofrecerle a la política británica. No es el folclore. No es la nostalgia. Es esa sensación de fiesta y protesta a través del baile. El carnaval no era solo bailar en la calle. Era tomarse la calle.
Ese regalo, la alegría como resistencia, la comunidad como fiesta, es lo que él quiere traer al ayuntamiento. Porque la política, dice, no tiene que ser tan seca.
Un mensaje final
Marcelo no tiene la receta mágica. Pero sí una invitación. Hay que saber cómo funciona el sistema. Él tampoco sabía hasta que empezó a meterse. Y advierte: los sistemas necesitan arreglo, pero para arreglarlos primero hay que entenderlos.
“Yo fui a una reunión del Partido Verde y dije: aquí está mi gente”, cuenta.
Por eso su mensaje para los latinos que sientan el “bichito” de la política es simple y práctico: métanse. Vayan a las reuniones. Pregunten. Postúlen. Usen un poncho si hace falta. Pero no se queden afuera.
Porque la visibilidad no llega sola. Alguien tiene que abrir la puerta. Y a veces, basta con una foto. Un poncho. Una cadena de oro. Y la memoria de un niño que vio una ciudad gris y decidió que, en la suya, nadie iba a ser invisible.







